lunes, 7 de febrero de 2011

DE VEZ EN CUANDO LA VIDA NOS BESA EN LA BOCA

“De vez en cuando la vida nos besa en la boca”, así empieza una mítica canción de Joan Manuel Serrat, el catalán mas americano, o mejor, mas hispanoamericano que ha dado esa Cataluña que por identificarse a si misma se ha cerrado al mundo. Como si para reafirmar su existencia fuera necesario aborrecer del idioma que les hace universales. Pero no es de Serrat, ni de Cataluña, ni siquiera del nacionalismo, de lo que voy a escribir hoy, aunque mi relación con Serrat, con Cataluña y con los nacionalismos daría cada uno para al menos dos entradas de este blog. No, nada de eso, hoy he decidido escribir acerca de la felicidad y del efímero placer que a veces la vida nos regala cuando decide besarnos en la boca.

Una prueba mas de mi rápido envejecimiento es que entre ayer y hoy he experimentado dos placeres sin erecciones, ni orgasmos; dos placeres que la vida nos obsequia a quienes tuvimos la fortuna y la desgracia de encontrar en las letras o en las artes algo de ese placer que antes nos deparaban los cuerpos de nuestros amantes.

Ayer, después de mucho tiempo pude volver a ver una buena película, y hoy después de mucho mas tiempo termine de leer una maravillosa novela.

“Plan B”, del director argentino Marco Berger es una extraordinaria película; bien contada, bien dirigida y bien actuada, no le sobra ni le falta nada, es una película de bajo presupuesto, hecha con las uñas como ocurre con el verdadero cine independiente que se produce en los alrededores de un Hollywood cada día mas pobre a pesar de los millones que se gastan para decorar su falta de talento; es la historia de un amor imposible, de un amor que nace de una idea absurda y que es contada por su protagonista en primera persona. El director nos lleva de la mano, y de manera magistral, por los recovecos del alma; dos seres que sin pensarlo, y casi sin proponérselo, navegan en las tempestuosas aguas del amor haciéndonos testigos de su inusual romance. Esta película como tantas otras pequeñas joyas que se encuentran en el cine independiente de seguro no llegara a las grandes salas pero aunque sea como arar en el desierto quiero agradecer a todo el elenco de “Plan B”, por que me dieron uno de los placeres de los que quería escribir hoy.

Siguiendo con el cine, no es casual que el mismo día que vi “Plan B” haya visto esas dos peliculitas de Hollywood que amenazan con llevarse los premios “Oscar” de 2011, me refiero a “Black Swan” y “The King Speach”, la primera una típica película de esas que exaltan el valor de la lucha individual por superar barreras y triunfar en la vida, muy al estilo de los valores que sostienen este sistema egoísta en el que cada cual tira por su lado en esa continua lucha de todos contra todos y del sálvese quien pueda a la que nos hemos acostumbrado como si no hubiera otro escenario posible y “The King Speach” cuyas excelentes actuaciones no logran salvarla de sus falencias narrativas, eso sin contar con el hecho de que resulta evidente que hay un esfuerzo enorme por parte del sistema por que los simples mortales nos creamos el cuento de que los monarcas son seres humanos iguales a nosotros con defectos y virtudes, cuando la verdad es que en lo único que podemos ser iguales reyes y plebeyos es en el numero de cromosomas, por que sus vidas y las nuestras nunca podrán equipararse a pesar de que Hollywood insista en mostrarnos su sufrimiento humano cuando gracias a la gran pantalla nos cuentan un pedacito de sus vidas. Muy pronto veremos alguna superproducción acerca del gran amor del príncipe Carlos por Camila Parker tratando de reivindicarlo con la historia para ganarse nuevamente el corazón de los plebeyos cuya estupidez sabe ser explotada por quienes escriben la historia y quienes la llevan al cine para asimilación de las masas.

Pero como suele ocurrirme, me desvié del tema, iba a escribir acerca de la felicidad que a veces la vida nos da y que en este caso fueron una película y un libro, de la película ya escribí, ahora lo haré acerca del libro.

Después de mas de 10 años ayer decidí volver a leer a Mario Vargas Llosa. Sus ideas políticas cada día mas cerca de la extrema derecha, aunque el las llama de centro, me habían alejado de su prosa, yo sabía que me perdía de algo, pero al igual que con los amigos llega un día en que a nuestros autores preferidos no les perdonamos su traición al volverse dignos representantes de una derecha recalcitrante que gobierna nuestras vidas y nuestros intereses. “Travesuras de la niña mala” llego a mis manos casi por error, en una visita a la biblioteca publica de Toronto pasé por la sección en español, como llaman a esos tres estantes y poco menos de 200 libros y entre recetas de cocina y manuales de autoayuda me encontré con esta novela y recordé que en los orígenes de mi amor por la literatura, Mario Vargas Llosa había sido uno de mis primeros amores; “La tía Julia y el escribidor”, “Pantaleón y las visitadoras” y luego “La ciudad y los perros” que leí mientras prestaba el servicio militar y cuya lectura me acarreo una reprimenda de parte de un sargento que me dijo que ese tipo de literatura no estaba permitido en el batallón, que de hecho, la literatura no estaba permitida en el batallón, a no ser que fueran las narraciones de las epopeyas del ejercito libertador de Simón Bolívar. Menos mal el mencionado sargento, nunca descubrió una edición de bolsillo y editada de “El capital” de Carlos Marx que un amigo de la Juventud Comunista me había obsequiado poco antes de mi ingreso a las filas del glorioso e inepto ejercito colombiano; si el sargento hubiese encontrado esta subversiva obra, mínimo me hubieran juzgado por traición a la patria.

Lo último que había leído de Mario Vargas Llosa, y gracias a la generosidad de un buen amigo, de esos que se toman la molestia de escrutar en nuestro pasado para comprarnos el regalo perfecto, había sido “los cuadernos de don Rigoberto”, hace poco mas de 10 años. Enemistado como estaba con Mario Vargas Llosa hoy lo he perdonado, hoy me he reconciliado con éste autor y haré a un lado sus retardatarias convicciones políticas de Marques del tercer mundo para volver a leerlo y alabarlo, porque al final sus desafortunadas opiniones políticas no le restan valor a sus extraordinarias novelas.

“Travesuras de la niña mala” es una obra maestra, una historia de amor enfermizo de un hombre capaz de sufrir lo indecible por tener a su lado a la única mujer que le devuelve las ganas de vivir, el único ser con el que el puede entregarse sin contemplaciones a los placeres de la carne. Ricardo, vaya coincidencia, el co-protagonista de esta novela, es incapaz de deshacerse de un mal amor: Otilia. La niña mala, ella es una sociopata capaz de las mayores bajezas con tal de lograr sus objetivos. El amor, el dolor, el sufrimiento y la pasión se confunden en la prosa maravillosa de Mario Vargas Llosa para regalarme con sus letras el segundo placer del que quería escribir hoy.

“De Vez en cuando la vida nos besa en la boca”, hoy a mi me beso gracias a la magia de las palabras y de la pantalla, gracias a Marco Berger y a Mario Vargas Llosa, gracias a “Plan B” y a “Travesuras de la niña mala”.

jueves, 3 de febrero de 2011

EL TIEMPO, LA DISTANCIA Y LA AMISTAD

Don't believe your friends when they ask you to be honest with them. All they really want is to be maintained in the good opinion they have of themselves (Albert Camus)

How can sincerity be a condition of friendship? A taste for truth at any cost is a passion which spares nothing. (Albert Camus)

Si esta memoria traicionera no me falla, fue también Albert Camus quien en alguna de sus obras se expreso acerca de la amistad en los siguientes términos: “El hombre hace amigos hasta los 30 y en aquel momento de su vida se limita a perder la menor cantidad posible y a conservar los pocos que le van quedando”

Parafraseando a Camus yo suelo decir que tengo más amigos muertos que vivos y si Camus tenía razón es altamente probable que un día ya ni siquiera me queden los amigos muertos.

Cuando estaba en la secundaria creía, como cualquier adolescente, que los amigos del colegio serían para toda la vida, que aquellas personas con las que compartimos nuestro transito de la niñez a la adultez iban a estar con nosotros por siempre, claro que cuando un adolescente dice toda la vida no sabe que se refiere a toda su vida adolescente, que la etapa adulta requiere otro tipo de amigos y que al igual que aquellos, algún día serán solo un recuerdo mas.

La amistad y la forma en que la entendemos cambia con el paso de los años, tal vez de la misma forma y con la misma velocidad con que nos vamos dando cuenta que al final nuestros amigos son simples compañeros de circunstancias con quienes tenemos encuentros y desencuentros y que con muy pocas excepciones al llegar a la vejez harán parte inevitable de los recuerdos borrosos que nos dejarán los años y en algunos casos, por obra del alzheimer, tal vez ni siquiera en la memoria podamos encontrarles.

Mucho antes de que “Teatron” se convirtiera en la discoteca mas grande de Bogota y probablemente una de las mas grandes del mundo, las mejores fiestas de la ciudad se desarrollaban en Chapinero, justo detrás de la iglesia de Lourdes en la carrera décima numero sesenta y tres veintiocho, apartamento 201. Allí los amigos eran incontables; altos y bajos; blancos, indios, mestizos y negros; diplomáticos, magistrados, obreros y mensajeros; adolescentes imberbes y adultos mayores como ahora se le dice a los ancianos, todos ellos eran los amigos de la rumba, los que siempre estaban dispuestos a recibir mi hospitalidad, algunos incluso tenían la decencia de llamar a agradecer después de la rumba, pero la mayoría desaparecía hasta la siguiente rumba que solía presentarse una o dos semanas después, para dolor de nuestros vecinos que sufrieron nuestra juventud e intentaron por todos los medios callar nuestra alegría. En esa casa de locos se perdieron cientos de virginidades en los términos que Raul Gomez Jattin describía en su poema: “Un Probable Constantin Kavafis a los 19” como la asistencia a tres ceremonias peligrosas: el amor entre hombres, fumar marihuana y escribir poemas.

Pero los amigos de aquellos días fueron desapareciendo a la misma velocidad en que las alegrías de las rumbas interminables fueron reemplazadas por las tristezas de los amores no correspondidos.

Han pasado casi veinte años y los amigos de antes se redujeron a 120 contactos de los que a veces me entero gracias al Facebook y de quienes no espero mas que algún comentario amable en mi muro, a eso hemos llegado gracias al Internet, esa herramienta para sentirnos menos solos en este siglo XXI que nos agobia con amistades virtuales pero nos deja huérfanos de compañía real.

El antropólogo ingles Robin Dunbar, y de alli que su teoría haya sido bautizada como el “numero Dunbar”, fue el primero en referirse a un limite establecido por nuestra corteza cerebral para las relaciones de amistad, dicho limite se fijó en un promedio de 150 personas, por encima de ese numero resulta imposible para el cerebro identificar a las personas con las que interactuamos y esto incluye amigos, compañeros de trabajo y familiares. Haga la prueba, intente recordar el nombre de 150 personas con las que usted realmente tiene algún contacto y se dará cuenta que difícilmente llegara a esa cifra, no recurra a su lista de amigos del facebook; el cerebro no tiene un listado ordenado alfabéticamente, el cerebro le ayudara a identificar quienes son en realidad esas personas.

Hoy intenté hacer la prueba y a pesar de que en el Facebook tengo 130 contactos, tal vez no lleguen a 20 los que de verdad importan y es probable que de esos 20 tal vez menos de 5 realmente puedan ser considerados mis amigos y a juzgar por algunas recientes y repetidas desilusiones, si he de hacer coincidir lo que pienso con lo que escribo, tal vez no me queden mas de uno o dos amigos y para ser mas exacto dudo que alguno de ellos note mi ausencia si algún día llego a faltar. Triste es descubrir que tu valor es inversamente proporcional a la valoración que tu haces de quienes tu valoras.

Durante muchos años he creído erróneamente que la amistad supera las fronteras del tiempo y el espacio pero la realidad es bien distinta, el tiempo y la distancia van abriendo un abismo insondable y después de tantos años y tantos kilómetros hoy puedo asegurar sin temor a equivocarme que tengo mas amigos muertos que vivos.