Palabras en homenaje al maestro Vallejo por su distincion con el premio de la Feria del Libro de Guadalajara.
Apreciado Maestro Vallejo: Yo, como usted, soy uno mas de los 4 millones de exilados que ha parido esa mala patria, aunque en estricto sentido no debí empezar este párrafo con: “Yo, como usted” , por que usted, apreciado maestro, no es uno mas de los 4 millones de exiliados; usted es el mas grande exiliado que ha dado Colombia en la segunda mitad del siglo XX y si escribo segunda mitad del siglo XX es porque, y en esto tal vez usted esté de acuerdo conmigo, en la primera mitad ese honor le corresponde al poeta que se suicido tres veces, nuestro amado Miguel Ángel Osorio, Ricardo Arenales o Porfirio Barba Jacob; la única trinidad verdadera que existió, cuya obra tuve la fortuna de conocer gracias a usted y su extraordinaria biografía: “El mensajero” .
Yo, como usted, aunque con 20 años de diferencia; crecí en Medellín, estudié en “El Sufragio” y viví mi infancia y adolescencia en el Barrio Boston, aunque en estricto sentido vivía en Enciso, pero mi abuela aprovechaba que la casa quedaba en el limite con Boston para asegurar ante propios y extraños que vivíamos allí, la pobreza es difícil de aceptar y mi abuela nunca pudo aceptarla, por eso jamas reconoció que esa casa quedaba en Enciso.
Pero las semejanzas no paran ahí apreciado Maestro, yo como usted, conocí el amor y el desamor en los bares y cantinas del centro de Medellín y un poco mas tarde, como siguiéndole los pasos en los de Bogotá, Barcelona y Nueva York en circunstancias increíblemente similares a las por usted vividas y narradas en “El fuego secreto”, “La rambla paralela” y “Los caminos a Roma”.
Yo, como usted, soy ateo militante, homosexual esteta, lector incansable, amante de los animales y anarquista; desde la perspectiva del odio racional a los políticos, los más grandes mitómanos que ha dado la especia humana.
Mis caminos han cruzado con los suyos de formas extrañas. Yo, cuando era niño y en mi temprana adolescencia, sin conocerlo, sin saber siquiera de su existencia, pasaba por el frente de su casa en la calle Perú cuando me dirigía hacia la “cárcel salesiana” o regresaba de ella. También viví en Barcelona y Nueva York y ame a la primera y odie la segunda con la misma intensidad que usted describe en sus obras. Por Las ramblas caminaba y lloraba amargamente mi suerte al enterarme de la muerte por propia mano de un gran amigo, el primero que perdí y que inauguro la lista que me permite afirmar hoy, mas de diez años después, que tengo mas amigos muertos que vivos, al igual que usted, de acuerdo con la interminable lista de “El don de la vida” . Solo me falta entonces vivir en Roma y en ciudad de México para completar las coincidencias de su “Rió del tiempo”
Me enamore de su obra, maestro Vallejo, con solo ver la portada; una reproducción del mejor pintor colombiano de mi generación: Luis Caballero; y leer un párrafo de la primera novela suya que tuve en mis manos. Se trataba de “El fuego secreto” . Aquella tarde de domingo de finales de 1987 caminando por el mercado de las pulgas en Bogotá tuve la fortuna de encontrar su libro y conocer un hermoso chico y entre polvo y polvo y en medio del humo del tabaco y la marihuana, empecé a leer su novela , sus primeras palabras: “-!Mierda!- dijo la Marquesa, poniendo las tetas sobre la mesa-. Con quien peleo si solo maricas veo…”. Fueron el comienzo de dos historias de amor, la primera, con el chico que conocí esa misma tarde, se fue desvaneciendo con el tiempo, a la tercera semana cansado de su cuerpo decidí dar por terminada aquella relación, por aquellos días yo llamaba relación a cualquier encuentro afectivo-sexual que durara mas de cuatro horas. Pero mi amor por usted y por su obra maestro Vallejo, no hizo mas que crecer; del “Fuego secreto” de su adolescencia y juventud, regrese a su infancia con “Los días azules” y fui siguiéndole la pista con sus “Caminos a Roma”, “Años de indulgencia” y “Entre fantasmas”.
Después usted, gracias al éxito de “La virgen de los sicarios”, se convirtió en el escritor polémico que esos periodistas mediocres de la mala patria han querido usar y azuzar para aumentar sus índices de sintonía. Sus palabras dejaron de ser mías y del selecto grupo de admiradores tempranos de su obra. Pero yo, maestro, tuve el privilegio de conocerlo mucho antes de que los medios lo convirtieran en “L'enfant terrible” de la literatura colombiana del siglo XX, y por algunos años tuve la fortuna de poseerlo casi en exclusiva, me convertí en su profeta, le leía a mis amigos párrafos enteros de sus obras justo antes o después de llegar de la rumba sabatina, en medio del alcohol, la marihuana y la coca; sus palabras acompañaron mi juventud y usted, maestro Vallejo, fue compañero de nuestros excesos juveniles. No imagina cuantos aguardientes nos tomamos a su salud en aquellos, para nosotros, días felices de finales de los ochentas.
Hoy a usted le dan un nuevo premio, el de la Feria del Libro de Guadalajara, y dice en su infinita modestia que no lo merece; yo le aseguro maestro Vallejo que no solo merece ese y los otros que le han dado, sino todos los que lleguen a partir de ahora y los que llegaran postumamente, por que su obra, muy a su pesar, hace mucho trascendió las montanas de esa Antioquia encerrada entre montañas que se mira el ombligo y se siente grande y de esa Colombia que se cree el centro del universo. Ni Antioquia ni Colombia le perdonan que las haya retratado sin piedad, irrespetando con sus palabras el mundo imaginario en el que viven quienes se creen el cuento de que Colombia es el mejor “vividero” del mundo.
De Santa Anita a la Condesa, su vida ha sido su obra y no hay premio que haga honor suficiente a la magnificencia de su pluma, la lucidez de sus palabras y el ejemplo de su obra.