sábado, 29 de enero de 2011

MIS DOS PASIONES

Quienes me conocen saben de sobra que mis dos grandes pasiones han sido los hombres y los libros, y esta es la hora en que no tengo certeza de si han sido mas los primeros o los segundos; pero a juzgar por el desenfrenado ritmo de lectura que llevo después de haber cumplido cuarenta años y la casi absoluta extinción de los encuentros sexuales, puedo asegurar que al final de mis días la ecuación será altamente favorable a los libros. Algunos dirán, no sin algo de razón, que traiciono con mis palabras otras dos de mis pasiones; el cine y el fútbol, pero el cine es una de las formas del lenguaje literario y un gol de nuestro equipo, en mi caso “Millonarios”, es lo mas cercano al orgasmo, que solo podemos sentir quienes conocemos el placer que esa simbólica penetración del balón cruzando la raya puede producir en nuestros corazones.

Hace unos minutos termine de leer “No vine a decir un discurso” una recopilación de discursos escritos y leídos por Gabriel García Márquez, sin lugar a dudas uno de los mas grandes escritores del siglo XX y cuyas palabras me han acompañado desde que empecé a amar los libros, mucho antes incluso de haber amado a un ser humano.

Y fue volviendo a leer en español, después de cuatro libros seguidos en ingles, que entendí la razón de mi desasosiego de los últimos días; leer en ingles, al menos para mi, es un martirio, por que es el idioma que me ha sido impuesto por la necesidad, por que por mas que lo intento no puedo amar esta lengua ni mucho menos amar en esta lengua, por que es un idioma cuyas palabras no me dicen nada a pesar de entenderlas.

El exilio no es el invierno de nevadas interminables, ni la distancia que nos separa de los amigos con quienes crecimos; el exilio es la imposibilidad de ir a una librería una tarde de sábado y deleitarse con el placer de leer las portadas de los libros y descubrir un nuevo escritor cuyas palabras nos cautiven, o buscar el libro perfecto para obsequiarle a alguien que queremos, el exilio es esta sensación de vivir de prestado, de que nada de lo que te rodea te pertenece, por que nada esta escrito en tu idioma, por que falta la eñe, que no puedes amar por que es imposible amar en otra lengua que no sea la tuya, el exilio lo llevamos dentro quienes tenemos que vivir en sociedades en donde nuestro idioma es invisible, en donde nuestras manifestaciones culturales y artísticas son piezas de interés intelectual o académico de un selecto grupo de privilegiados, que se han dignado aprender nuestra lengua como medio para entender nuestra cultura comparándola con la suya, para de esa manera intentar justificar una vez más su superioridad.

Es esta orfandad idiomática la que me obliga a volver a “El Sótano”, “Lerner”, “El Ateneo” o “Crisol” cada que visito las ciudades en donde se encuentran estas librerías. ¿Saben como les dicen a las librerías en ingles? “book store”, tienda de libros, lugar donde venden libros, en ingles todo tiene un precio, todo se compra y todo se vende, allí, en esas tiendas de libros hay unos muchachos que a duras penas saben leer y que son los encargados de atender a los compradores; unos venden y otros compran y entre mas rápido se haga la transacción mejor para unos y otros.

Fue en “El Ateneo”, esa maravillosa catedral de la literatura, en la hermosa Buenos Aires, en donde hay una librería en cada esquina y cuya belleza arquitectónica solo es comparable con su extraordinaria oferta cultural; en donde un viejo librero me enseño la diferencia entre un vendedor de libros y un lector que tiene por oficio el de guiar a otro lector en la escogencia del mejor titulo o el mejor autor. La del librero es una profesión, la del vendedor de libros es una ocupación. En las profilácticas tiendas de libros de Toronto no hay libreros, ni mucho menos libros en español, es por ello que tengo que conformarme con Amazon.com y con el “libro electrónico” que tiene mas de electrónico que de libro a pesar de que intenta imitar sus diseños y sus estructuras.

En una de las quijotescas aventuras comerciales que he emprendido quise unir mis dos pasiones y con mas ganas que recursos decidí inaugurar una librería especializada en literatura gay, la llame, como no; Wilde, en homenaje al escritor Irlandés que desafió el convencionalismo social de la época victoriana para declarar públicamente el amor que no se atrevía a confesar su nombre. Mi librería fue un fracaso a nivel comercial, perdí, como era de esperarse, el poco dinero que tenia; ¿a quien se le ocurre vender libros en un país donde nadie lee? ¿En un país donde solo la muerte es negocio? ¿En donde solo la sangre y el dolor son rentables? debí inaugurar una funeraria, eso si hubiera sido un buen negocio en Colombia, pero yo, terco como siempre he sido, decidí juntar mis dos pasiones y fue el principio del fin, el principio de mi caída en picada a las “Cimas de la desesperación” como bien titula Emile Cioran una de sus obras. Pero si bien es cierto que a nivel comercial mi aventura con la venta de libros fue un fracaso, a nivel personal puedo asegurar que fue todo un éxito; a partir de aquel momento pude tener certeza absoluta que lo mío no es la venta de libros, que lo mío, aunque no sea negocio, es la compra de libros y que algún día podré leerlos todos, cuando ya la otra pasión haya desaparecido por completo y ni la ilusión absurda de volver a amar y ser amado se atraviese en mi camino.

Me robaron la eñe de este teclado, pero no me robarán la eñe de mi corazón.

sábado, 15 de enero de 2011

DE LA CARIDAD A LA JUSTICIA

Ayer se cumplió un año del terremoto que arraso con lo poco que quedaba del primer estado moderno que decidió poner en práctica las ideas de la revolución francesa incluso contra la misma Francia que las había traicionado.

Haití no es ni sombra de lo que pudo ser hace mas de 200 años, pero no es de la historia de Haití de lo que quería escribir hoy; entre otras cosas por que si casi nadie lee este blogg cuando escribo de asuntos trascendentales como dios, el capitalismo o la soledad, mucho menos lograría mantener la atención de los poquísimos lectores que tengo si dedicara mas de cinco renglones a escribir acerca de ese minúsculo proto-estado cuyo PIB no alcanza a ser ni el 10 % del valor nominal de Microsoft.

Sin embargo, fue leyendo acerca de Haití y de este aniversario, que recordé la rabia que me produce la caridad y la simpatía que tengo por la justicia.

La caridad, según la definición de la RAE en una de sus acepciones, es la "actitud solidaria con el sufrimiento ajeno"; mientras que la justicia, en la misma obra, es definida usando las palabras de Platón como "una de las cuatro virtudes cardinales que inclina a dar a cada cual lo que le corresponde".

Al hacer un análisis simple de ambos conceptos no encontramos contradicción aparente entre uno y otro vocablo, es mas, podría pensarse que son complementarios y que quien hace una obra de caridad esta a su vez siendo justo. Pero no es así y Haití es una prueba con diez millones de personas que reciben caridad pero esperan justicia.

En los países desarrollados, pertenecientes a las elites del poder económico mundial, sus ciudadanos miran con desdén, a veces con compasión, y casi siempre con lastima, lo que ocurre en el tercer mundo y cuando alguna tragedia les recuerda que el sur también existe; cuando huracanes, terremotos, maremotos o hambrunas llegan a sus pantallas gracias a la inmediatez de los medios, sus corazones se conmueven y limpian sus conciencias con 20 o 30 dólares, lo que les cuesta una cena y un par de bebidas en un restaurante promedio. No se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, o no les dejan darse cuenta; que su caridad no cambia nada, que solo el cambio de estructuras socio-económicas pueden hacer la vida menos miserable para esos seres cuya tragedia se repite día a día y no solo cuando los desastres naturales o las calamidades provocadas por el mismo hombre, los hacen visibles.

Si en vez de caridad las elites económicas se comprometieran con la justicia, la caridad no seria necesaria, por que solo un sistema que permita la repartición equitativa de las riquezas puede prescindir de la caridad. No se trata de dar limosna a los pueblos oprimidos, se trata de pagar precios justos por sus productos y de apoyar movimientos sociales y políticos que promuevan el desarrollo sostenible del tercer mundo. Pero mientras el capitalismo salvaje sea el dogma con el que tengamos que convivir, la justicia no podrá llegar, por que detrás de toda gran riqueza siempre hay una gran injusticia, por que el capitalismo solo tiene un propósito: “la máxima utilidad con la mínima inversión y en el menor tiempo posible” y para lograrlo tiene que generar inequidad; es imposible que un sistema que promueva como valor fundamental la codicia pueda servir por igual a quien se enriquece y a quien enriquece al enriquecido.

Cuando la plusvalía de 2011 es infinitamente superior a la de 1867 año en que vio la luz la primera edición de “El Capital” de Carlos Marx, cuando la brecha entre ricos y pobres se hace inmensurable, cuando El 2% de las personas mas ricas en el mundo posee más de la mitad de la riqueza global y en contraste, la mitad más pobre de la población del mundo solo es dueña del 1% de la riqueza* (1) cuando el 10 % del valor nominal de una multinacional equivale al PIB de un país pequeño, cuando las utilidades de las 500 empresas mas grandes equivalen al 80 % de la riqueza del mundo entero, es cuando las ideas de Marx se hacen mas necesarias e imprescindibles que nunca. Los pueblos oprimidos no piden limosna, los pueblos oprimidos exigen justicia.

Colombia, ese estado fallido en el que tuve la mala suerte de nacer, vivió hace algunos días, según dicen los amnésicos medios de comunicación, una de las temporadas de lluvias más inclementes de los últimos tiempos.

Yo, que todavía no sufro de amnesia a pesar de acercarme peligrosamente a la edad en la que el alzheimer nos roba los recuerdos; recuerdo, que durante los casi 30 años que viví en Colombia, cada invierno era peor que el anterior y siempre los pobres eran los que sufrían las consecuencias y otra vez la caridad de los ricos, por que en los países pobres también hay ricos, menos que en los países ricos, y menos ricos que los ricos del norte, pero ricos al fin y al cabo para los estándares de pobreza del tercer mundo. Los ricos entonces se conmovían al ver familias que perdían lo poco que tenían; es decir; un colchón, un par de sillas, un comedor; dos gallinas y un marrano si vivan en el campo y los mismos enceres sin marrano y sin gallinas si los desgraciados vivían en la ciudad.

Era entonces la caridad de los ricos, la caridad del gobierno la que llegaba a paliar el dolor de la tragedia, pero la justicia nunca se hizo presente y la tragedia se repetía año tras año. La caridad nunca soluciona la raíz de problema. La justicia hubiera destinado recursos del estado y por ende de la sociedad, a la construcción de diques o al reasentamiento urbano en áreas fuera de peligro, pero eso es mucho pedir, las conciencias ya estaban limpias por que las arcas de las limosnas se habían abierto cerrando como siempre las puertas a la justicia.

La caridad es mas útil para el que la otorga que para el que la recibe, por que lo libera de la culpa, por que lo hace sentir moral y económicamente superior, por que con 30 dólares o su equivalente en la moneda local del que lea este blogg, lo libera de la responsabilidad social de elegir gobernantes que en vez de prodigar caridad hagan justicia. La caridad se hace con las sobras de nuestra comodidad y es mas barata.

La justicia es relacional por que exige que nos involucremos de forma personal, demos la cara, nos comprometamos y nos apasionemos, la justicia no se logra con limosnas, cuando se hace justicia o se lucha por la justicia se hacen amigos y enemigos, cuando se brinda caridad solo se hacen amigos. La justicia transforma; la caridad mantiene el sistema de valores que se reproducen eternamente generando mas necesidad y mas caridad, La justicia cambia las vidas de quien recibe un trato justo y de quien lo otorga, la justicia es revolucionaria por que cambia las estructuras de poder, la caridad las mantiene. La justicia brinda un trato digno, la caridad denigra de la condición humana del dador y del receptor.

La caridad es políticamente correcta, la justicia es revolucionaria.

Cuando los pueblos reciben caridad deben exigir justicia y si no se las dan tienen el derecho de hacerse con ella a la fuerza si fuera necesario pasando por encima incluso de quienes les prodigan caridad.

*(1) Instituto mundial para el desarrollo económico de las Naciones Unidas. (World Institute for Development Economics of the United Nations University, UNU-WIDER)