Hace unos minutos termine de leer “No vine a decir un discurso” una recopilación de discursos escritos y leídos por Gabriel García Márquez, sin lugar a dudas uno de los mas grandes escritores del siglo XX y cuyas palabras me han acompañado desde que empecé a amar los libros, mucho antes incluso de haber amado a un ser humano.
Y fue volviendo a leer en español, después de cuatro libros seguidos en ingles, que entendí la razón de mi desasosiego de los últimos días; leer en ingles, al menos para mi, es un martirio, por que es el idioma que me ha sido impuesto por la necesidad, por que por mas que lo intento no puedo amar esta lengua ni mucho menos amar en esta lengua, por que es un idioma cuyas palabras no me dicen nada a pesar de entenderlas.
El exilio no es el invierno de nevadas interminables, ni la distancia que nos separa de los amigos con quienes crecimos; el exilio es la imposibilidad de ir a una librería una tarde de sábado y deleitarse con el placer de leer las portadas de los libros y descubrir un nuevo escritor cuyas palabras nos cautiven, o buscar el libro perfecto para obsequiarle a alguien que queremos, el exilio es esta sensación de vivir de prestado, de que nada de lo que te rodea te pertenece, por que nada esta escrito en tu idioma, por que falta la eñe, que no puedes amar por que es imposible amar en otra lengua que no sea la tuya, el exilio lo llevamos dentro quienes tenemos que vivir en sociedades en donde nuestro idioma es invisible, en donde nuestras manifestaciones culturales y artísticas son piezas de interés intelectual o académico de un selecto grupo de privilegiados, que se han dignado aprender nuestra lengua como medio para entender nuestra cultura comparándola con la suya, para de esa manera intentar justificar una vez más su superioridad.
Es esta orfandad idiomática la que me obliga a volver a “El Sótano”, “Lerner”, “El Ateneo” o “Crisol” cada que visito las ciudades en donde se encuentran estas librerías. ¿Saben como les dicen a las librerías en ingles? “book store”, tienda de libros, lugar donde venden libros, en ingles todo tiene un precio, todo se compra y todo se vende, allí, en esas tiendas de libros hay unos muchachos que a duras penas saben leer y que son los encargados de atender a los compradores; unos venden y otros compran y entre mas rápido se haga la transacción mejor para unos y otros.
Fue en “El Ateneo”, esa maravillosa catedral de la literatura, en la hermosa Buenos Aires, en donde hay una librería en cada esquina y cuya belleza arquitectónica solo es comparable con su extraordinaria oferta cultural; en donde un viejo librero me enseño la diferencia entre un vendedor de libros y un lector que tiene por oficio el de guiar a otro lector en la escogencia del mejor titulo o el mejor autor. La del librero es una profesión, la del vendedor de libros es una ocupación. En las profilácticas tiendas de libros de Toronto no hay libreros, ni mucho menos libros en español, es por ello que tengo que conformarme con Amazon.com y con el “libro electrónico” que tiene mas de electrónico que de libro a pesar de que intenta imitar sus diseños y sus estructuras.
En una de las quijotescas aventuras comerciales que he emprendido quise unir mis dos pasiones y con mas ganas que recursos decidí inaugurar una librería especializada en literatura gay, la llame, como no; Wilde, en homenaje al escritor Irlandés que desafió el convencionalismo social de la época victoriana para declarar públicamente el amor que no se atrevía a confesar su nombre. Mi librería fue un fracaso a nivel comercial, perdí, como era de esperarse, el poco dinero que tenia; ¿a quien se le ocurre vender libros en un país donde nadie lee? ¿En un país donde solo la muerte es negocio? ¿En donde solo la sangre y el dolor son rentables? debí inaugurar una funeraria, eso si hubiera sido un buen negocio en Colombia, pero yo, terco como siempre he sido, decidí juntar mis dos pasiones y fue el principio del fin, el principio de mi caída en picada a las “Cimas de la desesperación” como bien titula Emile Cioran una de sus obras. Pero si bien es cierto que a nivel comercial mi aventura con la venta de libros fue un fracaso, a nivel personal puedo asegurar que fue todo un éxito; a partir de aquel momento pude tener certeza absoluta que lo mío no es la venta de libros, que lo mío, aunque no sea negocio, es la compra de libros y que algún día podré leerlos todos, cuando ya la otra pasión haya desaparecido por completo y ni la ilusión absurda de volver a amar y ser amado se atraviese en mi camino.
Me robaron la eñe de este teclado, pero no me robarán la eñe de mi corazón.