Guillermo, mi tío, era un ser mezquino y miserable cuyo único propósito en la vida era tratar de que quienes estábamos a su alrededor fuéramos tanto o mas miserables que él.
No se si por haber nacido sietemesino, como decía mi abuela, o por los excesos afectivos que esa misma circunstancia generaron de su parte para con él; o por el rencor, bien ganado, que le profesaban sus hermanos y su padre; o por su propia ignorancia o por una combinación de todas aquellas causas; Guillermo nunca pudo crecer, siempre fue el niño mimado de mi abuela y nunca pudo asumir responsabilidades adultas, mi abuela cuido de él hasta cuando la muerte se la llevo a los 99 años y según me cuentan su ultimo deseo fue precisamente el de seguir protegiéndolo después de muerta, por que poco antes de morir le hizo prometer a una de sus hijas que se encargara de su manutención. Que daño enorme le hizo mi abuela a ese pobre pendejo quien hoy en día vive en la miseria sin siquiera tener el valor de acabar con sus días.
Guillermo coleccionaba cosas, cualquier cosa, ya fuera la caja de almendras, ya sin almendras, o frascos vacíos de perfume o desodorante; su alcoba permanecía cerrada con llave las 24 horas del día por que cuando él estaba allí se encerraba a disfrutar de su miserable vida y cuando no estaba se aseguraba de cerrarla con dos o tres cerraduras y un candado para que ni mis abuelos ni yo pudiéramos profanar su sagrado escondite de cajas de almendras y botellas de perfume vacías.
Y lo que no coleccionaba lo guardaba, a mi, por ejemplo, me guardo en su alcoba y es probable que todavía los tenga, los tres únicos juguetes que tuve en mi infancia: un carro de bomberos de pilas cuyo maquinista movía la cabeza lateralmente cada que la sirena sonaba, otro carro también de pilas que en su techo tenia la banda de los Rolling Stones y que tocaban y cantaban alguna melodía mientras avanzaban en cualquier dirección y uno de la policía con una sirena idéntica a la del de bomberos; esos tres carros fueron los únicos juguetes que tuve en mi infancia, obsequios de mi madre antes de morir y Guillermo los guardo con celo hasta que me hice grande. Nunca pude jugar con ellos por que yo era muy niño y podía estropearlos, según él mismo aseguraba, para justificar su arbitrariedad.
En mi primera comunión, ese ridículo ritual católico-caníbal que obliga a los niños a comer el cuerpo y la sangre de cristo para ratificar su pertenencia al absurdo cristiano; una tía me regalo una guitarra que Guillermo también guardo durante muchos años, tantos que nunca pude volver a verla ni mucho menos tocarla, por que alguna vez decidió guardarla en una prendería (casa de empeño) de donde nunca pudo recuperarla.
Todo lo guardaba Guillermo, su alcoba era la caja fuerte de los valores mas preciados de ese hogar en el que lo único que había era carencias, pero él las guardaba tan bien que estoy seguro que hoy por hoy sigue atesorando su pobreza y no solo la mas triste de todas, la de la falta de dinero, si no todas las demás, por que Guillermo fue pobre de afecto, de corazón y de ideas. Pobre de solemnidad. Y sigue y seguirá siéndolo, hoy incluso tiene un hermoso documento que lo acredita como tal, por que en Colombia los pobres, aunque esto también parezca increíble, pueden identificarse como tales con un documento especialmente creado por el estado para ellos, él exhibe orgulloso su carné del SISBEN y de Familias en Acción, como prueba irrefutable del éxito de su miseria y mezquindad.
Pero además de orgulloso y ufano creía de verdad ser bueno con los puños, peleaba con todos y con todas; siempre empezaba con algún cruce de palabras, madrazo va, madrazo viene, y mi abuela, la madre de Guillermo y todos sus contrincantes, escuchaba impávida como entre hermanos se insultaban, mi abuelo que siempre fue un cero a la izquierda en esa casa de locos, de vez en cuando también era victima de las agresiones verbales y físicas del sietemesino, pero no hubo hermano, hermana o sobrino que Guillermo no agrediera. Las unas por putas, los otros por maricas, (y pensar que el único marica verdadero iba a ser yo) pero unas y otros recibían sus insultos; como los perros que marcan su territorio Guillermo no permitía que nada ni nadie se interpusiera entre él y mi abuela, ese Edipo era digno de análisis. Alguna vez se armo de machete para matar a Orlando, uno de sus hermanos, pero el machete era mas grande que él y con lo flaco que era no alcanzo a levantarlo mas arriba de su cintura, Orlando casi se lo hace tragar.
Pero sumado a su aversión a la felicidad ajena, su manía de coleccionarlo y guardarlo todo y sus ínfulas de boxeador, Guillermo además profesaba un odio visceral al trabajo, nunca se le conoció una fuente de ingresos, nunca aporto un centavo a la seguridad social y nunca supo lo que fue tener un jefe. El creció libre y pobre como el viento a la sombra protectora de su madre, hoy debe tener poco menos de 60 años y en su alcoba debe tener todavía guardados los tres carros que mi madre me obsequio antes de morir.