Nací y crecí en un país en guerra y mis abuelos me hablaban de la suya, la de
liberales y conservadores, la que los obligó a emigrar del campo a la ciudad,
la que marcó el destino de su progenie y el mío propio, desplazados de sus
tierras fueron obligados a malvivir en
los cinturones de miseria de las grandes ciudades y del final de esa violencia nació
la nueva, las élites liberales y conservadoras se repartieron el poder excluyendo
a las fuerzas minoritarias, nacieron entonces las guerrillas campesinas y las
otras que se fueron multiplicando a medida que las exclusiones se hacían más
evidentes.
Hoy, después de medio siglo, toda mi vida, y varios intentos
fallidos, se firma un acuerdo de paz con
la guerrilla de las FARC que pone fin al
conflicto armado. Los colombianos debiéramos estar felices, y yo lo estoy, sin
embargo, azuzados por el odio de una minoría de gamonales locales para quienes
la guerra es un buen negocio y del más
corrupto de los presidentes que ha tenido este país, hay millones de
colombianos que están dispuestos a ir a las urnas para oponerse a los acuerdos
de paz, dudo que tengan el valor de enfrentar la guerra ellos mismos, dudo de
su voluntad cuando son los pobres y sus hijos los que la enfrentan y la sufren,
esas clases medias urbanas dispuestas a votar por el no deberán afrontar las
consecuencias de su cobardía el día en que las bombas vuelvan a explotar.
Me duele saber que algunos de mis parientes, si no la mayoría,
han optado por hacerle caso al nefasto personaje que gobernó Colombia por ocho
años. Votarán por el no y en su ceguera histórica podrán cerrarle las puertas a
la más clara posibilidad que hemos tenido de ponerle punto final a una guerra
que ha dejado millones de víctimas entre muertos, desaparecidos, desplazados, refugiados,
huérfanos, viudas y amputados. Sin entrar en detalles de los daños ambientales
o los perjuicios económicos y en la calidad de vida de los millones de
colombianos que sufren la guerra aunque no puedan contarse entre las víctimas
directas.
Pero también me alegra saber que mis amigos han optado por apoyar
los acuerdos de paz, es evidente que las amistades se construyen y se afianzan
por afinidades y es reconfortante saber que no me he equivocado al mantener los
pocos que me quedan, no se trata de cantidad si no de calidad.
Mis amigos extranjeros han escuchado, o leído, mis historias de la guerra en Colombia, de las
cinco bombas que explotaron cerca al lugar en donde me encontraba y de cómo me
salvé de morir por minutos, así es la vida de un país en guerra, uno se salva,
o se muere, por minutos, por metros, por azar. Les hablé también de sus orígenes,
desarrollo, consecuencias y bifurcaciones. Pocos entendían, a pesar de mi
esfuerzo, lo que allí ocurría, no podían comprender las diferencias y conexiones,
entre paramilitares y militares, entre narcotraficantes y delincuentes, entre
las FARC, el M19 y las otras guerrillas. No lograban comprender la dimensión de
la guerra y no los culpo, tal vez la mayoría de colombianos tampoco entiendan su
propia guerra, a mis queridos amigos extranjeros quiero agradecerles su
paciencia al escucharme, prometo que no los volveré a importunar con mis
tristes historias de guerra porque hoy en mi país ha triunfado la cordura por
primera vez en cincuenta años y estoy seguro que el pueblo colombiano saldrá a
las calles el día del plebiscito a ratificar de forma masiva los acuerdos de paz
que pondrán fin a esta absurda, y como todas, inútil guerra.