viernes, 26 de agosto de 2016

UNA GUERRA MENOS SIEMPRE ES UNA BUENA NOTICIA

Nací y crecí en un país en guerra y  mis abuelos me hablaban de la suya, la de liberales y conservadores, la que los obligó a emigrar del campo a la ciudad, la que marcó el destino de su progenie y el mío propio, desplazados de sus tierras  fueron obligados a malvivir en los cinturones de miseria de las grandes ciudades y del final de esa violencia nació la nueva, las élites liberales y conservadoras se repartieron el poder excluyendo a las fuerzas minoritarias, nacieron entonces las guerrillas campesinas y las otras que se fueron multiplicando a medida que las exclusiones se hacían más evidentes. 
Hoy, después de medio siglo, toda mi vida, y varios intentos fallidos,  se firma un acuerdo de paz con la guerrilla de las FARC que  pone fin al conflicto armado. Los colombianos debiéramos estar felices, y yo lo estoy, sin embargo, azuzados por el odio de una minoría de gamonales locales para quienes la guerra es un buen negocio  y del más corrupto de los presidentes que ha tenido este país, hay millones de colombianos que están dispuestos a ir a las urnas para oponerse a los acuerdos de paz, dudo que tengan el valor de enfrentar la guerra ellos mismos, dudo de su voluntad cuando son los pobres y sus hijos los que la enfrentan y la sufren, esas clases medias urbanas dispuestas a votar por el no deberán afrontar las consecuencias de su cobardía el día en que las bombas vuelvan a explotar.
Me duele saber que algunos de mis parientes, si no la mayoría, han optado por hacerle caso al nefasto personaje que gobernó Colombia por ocho años. Votarán por el no y en su ceguera histórica podrán cerrarle las puertas a la más clara posibilidad que hemos tenido de ponerle punto final a una guerra que ha dejado millones de víctimas entre muertos, desaparecidos, desplazados, refugiados, huérfanos, viudas y amputados. Sin entrar en detalles de los daños ambientales o los perjuicios económicos y en la calidad de vida de los millones de colombianos que sufren la guerra aunque no puedan contarse entre las víctimas directas.
Pero también me alegra saber que mis amigos han optado por apoyar los acuerdos de paz, es evidente que las amistades se construyen y se afianzan por afinidades y es reconfortante saber que no me he equivocado al mantener los pocos que me quedan, no se trata de cantidad si no de calidad.
Mis amigos extranjeros han escuchado, o leído,  mis historias de la guerra en Colombia, de las cinco bombas que explotaron cerca al lugar en donde me encontraba y de cómo me salvé de morir por minutos, así es la vida de un país en guerra, uno se salva, o se muere, por minutos, por metros, por azar. Les hablé también de sus orígenes, desarrollo, consecuencias y bifurcaciones. Pocos entendían, a pesar de mi esfuerzo, lo que allí ocurría, no podían comprender las diferencias y conexiones, entre paramilitares y militares, entre narcotraficantes y delincuentes, entre las FARC, el M19 y las otras guerrillas. No lograban comprender la dimensión de la guerra y no los culpo, tal vez la mayoría de colombianos tampoco entiendan su propia guerra, a mis queridos amigos extranjeros quiero agradecerles su paciencia al escucharme, prometo que no los volveré a importunar con mis tristes historias de guerra porque hoy en mi país ha triunfado la cordura por primera vez en cincuenta años y estoy seguro que el pueblo colombiano saldrá a las calles el día del plebiscito a ratificar de forma masiva los acuerdos de paz que pondrán fin a esta absurda, y como todas, inútil guerra.