Escribir un blog suele ser un dialogo consigo mismo que decidimos compartir con algunas personas a quienes consideramos lo suficientemente cercanas para que conozcan nuestros pensamientos, es un ejercicio que se hace en soledad y que pretende alejarnos de ella.
Esta entrada la titule "Festival del recuerdo" por que en los últimos seis meses me reencontrado con personas de mi pasado cuya presencia había desaparecido casi por completo, algunas por las distancias que la vida misma nos va imponiendo y otras por la distancia que nos vemos obligados a imponernos a nosotros mismos.
La familia Obando cuyo amor hizo mi infancia menos miserable de lo que fue; Juan Andrés Posada amigo de mis primeras y mejores rumbas y Claudia Delgado, amiga y compañera de estudios universitarios.
Todos hacen parte de etapas diferentes y todos ellos llevaban entre 15 y 20 años ausentes de mi vida, pero no de mis recuerdos. Gracias al Facebook volvimos a encontrarnos; una nueva utilidad del Internet que se une a las ya casi innumerables e inimaginables ventajas que esta maravilla de la ciencia nos ha dado la oportunidad de disfrutar.
La familia Obando fue mi familia adoptiva y no por que no tuviera una propia, mis abuelos hicieron lo mejor que pudieron después de la temprana muerte de mi madre, pero Doña Nelly Estrada y Don Raúl Obando fueron como unos padres para mi. Eran en realidad los padres de uno de mis mejores amigos de la infancia: Juan Raúl, pero me adoptaron como su hijo y me trataron como tal, yo en su casa me sentía mejor que en la que me pertenecía, jugaba a ser feliz, allí pase sin lugar a dudas los mejores momentos de una infancia escasa en felicidad. Ellos tuvieron el primer televisor en color y el primer betamax que conocí en mi vida (para los lectores jóvenes, si es que hay alguien menor de 25 que haya pasado del primer párrafo) hubo una época en que las imágenes de la televisión eran a blanco y negro y las películas se veían en un aparato que se llamaba betamax, que era del tamaño de seis reproductores medianos de DVD puestos uno sobre otro en dos filas de tres unidades cada uno.
Con los Obando aprendí que las diferencias familiares se solucionan con el dialogo, que los padres se respetan y que están allí siempre para dar amor a sus hijos; y yo me sentí siempre como uno mas de sus hijos y ya tenían cinco y esperaban el sexto, tanto me querían que esperaron a que yo cumpliera 14 años para poder ser el padrino de bautizo de su ultimo hijo, Esteban; en aquellos días fue la muestra mas grande de afecto y confianza que pude recibir. Resulte ser un pésimo padrino y supongo que si la iglesia católica se enterara que ahijado y padrino resultaron ateos por caminos diferentes nos excomulgarían a los dos, lo cual, dicho sea de paso, no nos importaría ni a Esteban ni a mi.
Un día cualquiera y casi son darnos cuenta la familia Obando y yo tomamos caminos diferentes y pasaron algo mas de veinte años y mi ahijado creció, mis "padres adoptivos” envejecieron y yo les sigo con tal velocidad que creo que algún día no muy lejano les alcanzare, por que al final de nuestros días la vejez nos convertirá en contemporáneos de quienes algún día fueron nuestros padres.
Yo llevaba algún tiempo buscando rastros de la familia Obando ; introducía en el buscador de google los nombres claves y luego de muchos intentos fallidos, un día apareció la pagina del Facebook de Esteban, en su foto no estaban los rasgos del niño que fue mi ahijado y por eso dude en escribirle, sin embargo recibí su respuesta; efectivamente era él, pero el niño se había convertido en hombre y los carritos que pensaba regalarle y que le había guardado para cuando nos volviéramos a encontrar ya no le servirían para nada. Escuchar por teléfono a Estaban, Juan Raúl y Doña Nelly fue como viajar en el tiempo y a partir de aquel momento me propuse visitarlos, no fuera que la muerte, que acecha en cada esquina, me quitara la oportunidad de reunirme con ese pedazo de la infancia y de recuperar de alguna manera a través del recuerdo la felicidad que aquellos seres maravillosos me brindaron y que nunca podré terminar de agradecerles.
Cuando llegué a casa de los Obando Doña Nelly me reconoció de inmediato, ella no sabia que yo iba a visitarles esa noche, me dijo: "Esos ojitos no se me olvidan nunca", me sonroje, le di un abrazo cuya fortaleza pretendía compensar los miles de abrazos que deje de darle en los últimos veinte años y nos sentamos a hablar como en aquellos días de la infancia, la numerosa familia Obando ahora era mas numerosa gracias a los hijos de los hijos. Y yo, el hijo prodigo, había vuelto, por unas pocas horas, pero había vuelto a abrazarles, a decirles que a pesar del tiempo y la distancia los amaba, que nunca deje de amarlos y que como dijera la abuela de "La increíble y triste historia de la Cándida Erendira y su abuela desalmada" : No me alcanzara la vida para pagarles.
Siguiendo con el "festival del recuerdo", hace una semana me encontré con Juan Andrés Posada, un amigo de los ochentas con quien llevaba también poco mas de veinte años sin hablar, ahora vive en San Francisco; es uno mas de los cuatro millones de Colombianos que emigramos, que dejamos atrás esa "mala patria" como la llama acertadamente Fernando Vallejo en algunos de sus libros.
Juan Andrés no ha cambiado nada, sigue siendo el mismo joven de gran corazón que conocí en 1988 y físicamente pareciera que se hubiera anclado en esa maravillosa edad en la que los rasgos de la madurez aun no aparecen, probablemente tengan razón quienes afirman que la mejor forma de eludir los estragos del envejecimiento sea mantenerse joven de espíritu, yo sin embargo creo que las cremas antienvejecimiento si funcionan, por que Juan Andrés las usa y parece que tuviera 25 y yo que jamás he comprado una crema distinta a la de dientes, ya parezco un anciano. La pasamos muy bien, hablamos obviamente del pasado, de ese pasado que compartimos y del otro también. Pero el presente se hizo presente y hablamos de el, ni bueno ni malo, simple presente para el y para mi, hablamos de lo que pudimos hacer con nuestras vidas y de lo que hicimos con ellas y hablamos del futuro, poco, casi nada, como si le tuviéramos miedo, como si no fuera con nosotros, como si no existiera. Y tal vez no exista, por que la verdad es que casi nunca coincide este presente de nuestras vidas con el futuro que alguna vez nos imaginamos cuando éramos presente en el pasado.
Claudia Delgado acaba de llegar a Canadá, aun no ha vivido su primer invierno, no sabe de la tristeza de los días de siete horas; ni de las nevadas eternas, llego con su familia, vivirán juntos el "proceso" de ser inmigrantes, se apoyaran mutuamente y sus triunfos o fracasos serán compartidos, haciendo los primeros mas memorables y los segundos mas llevaderos.
Si hay algo que sinceramente envidio de las familias es esa posibilidad de compartir sus vivencias; los solteros "amargados" escribimos blogs.
Fuimos compañeros de clase en la universidad, hoy hablamos de nuestros profesores, de algunos verdaderos maestros como los catedráticos: Julio Cesar Uribe Acosta, Vladimiro Naranjo, Calixto Montenegro o German Bustillo y de un profesorcito de nombre Rodrigo Escobar Gil, con ínfulas de magistrado y que curiosamente tiempo después se hizo magistrado, mas por apellidos que por méritos y que tuvo la desfachatez y el descaro de reprobarme en derecho administrativo obligándome a estudiar para una habilitación y negándome de esta manera la posibilidad de asistir a la fiesta del año en "disco fuego".
Hablamos con Claudia de ese pasado compartido y también del no compartido; de su matrimonio, de sus hijos, de sus hermanas, de su "proceso" de inmigración a Canadá. No ha cambiado nada, algunos kilos de mas y sin lugar a dudas muchos menos de los que yo me he puesto. Su sonrisa sigue siendo contagiosa y su belleza, que aun conserva, se multiplico por dos, la genética es una ciencia exacta.
Fue lindo reencontrarme con ellos: con los Obando, con Juan Andrés y con Claudia, vivir estos "festivales del recuerdo" y en este ejercicio de soltero "amargado" compartirlos con el ciberespacio.
Tal vez me invites alguna vez a leer tus crónicas de exilio. En todo caso, un abrazo desde esta calidez tropical que hay por estos lares
ResponderBorrarNunca creí en los reencuentros hasta que las circunstancias de la vida me obligaron a entender que la vida no era solo el buscar el “prometedor futuro” y vivir el presente a plenitud; si no que también es importante recordar y reencontrar lo que por accidente deje en el pasado.
ResponderBorrarGracias por compartir tu experiencia.
Bonito relato de uno de los cajones de su vida que yo no conocía. El corazón se abre y toca otros corazones.
ResponderBorrar¿Las nostalgias nos hacen viejos o la vejez hace las nostalgias? No soy yo quién para tener una respuesta, aunque tal vez me vaya acercando a alguna de las dos.
Un abrazo desde el otro lado del charco.
Hola Ricardo: Para los que emigran de esta "mala patria" como tú la llamas, los recuerdos atesorados mas hermosos se encuentran en las personas que de alguna manera tocaron tu vida.
ResponderBorrarCon el tiempo los recuerdos se decantan y eso nos ayuda a recordar los mejores momentos que de alguna manera son un soporte importante para soportar las dificultades del exilio.
Saludos,