martes, 23 de noviembre de 2010

DE LA MUERTE Y MI SONRISA SARCASTICA

Solo adquirimos conciencia de vida cuando la muerte se nos revela como la única verdad absoluta, sin embargo solo hablamos de ella cuando su "desafortunada" presencia se cuela por alguna rendija de nuestra existencia, cuando algún ser querido tiene la mala educación de morirse antes que nosotros, dejándonos con el dolor de su silencio eterno y los gritos ahogados de sus recuerdos.

No se si mi pasión por autores como Emile Cioran o Fernando Vallejo tenga alguna relación con su postura ante la vida y su amor casi enfermizo por la muerte, o tal vez sea que a través de su lectura mis ideas acerca de estos temas, y anteriores a mi conocimiento de su obra, pudieron ser ratificadas, sustentadas y defendidas con criterio académico; es probable que esto sea una forma de baja autoestima intelectual, pero es evidente que ciertos autores de reconocido prestigio confirman nuestros pensamientos y al hacerlo validan nuestros argumentos, ellos han tenido el coraje y la disciplina de escribir, la fortuna de publicar y el placer de ser leídos y respetados a pesar de sus posturas o incluso gracias a ellas.

Hablar de la muerte es difícil para la gran mayoría de personas, muchos asimilan nuestro deseo de morir a una patología psiquiátrica que debe ser tratada con algún fármaco y mucha psicoterapia, como si para la enfermedad de la vida el remedio pudiese ser la vida misma.
Ayer, de pura casualidad y ante dos casi desconocidos que nunca podrán leer este blogg, me atreví a hablar, ya casi no lo hago, me aburre escuchar las estupideces y tener que guardar silencio ante los ridículos comentarios de la gente que cree tener derecho a opinar sobre cualquier tema por el solo hecho fisiológico de poseer boca, laringe y lengua.

Mis opiniones acerca de la vida y de la muerte les resultaron agresivas y hasta irrespetuosas, me dijeron que querer la muerte de la forma en que yo la quiero no era normal, que lo normal era amar la vida y luchar por ella contra todo y contra todos, incluso contra la vida de otros.
Les hable de Cioran y de Vallejo, de Camus y de Sartre; de los avances de la ciencia que han permitido que en poco mas de 100 años la esperanza de vida del hombre haya pasado de una media de 40 años a una de casi 70, sin entrar en detalles de que en países como Japón, España o Canadá la esperanza de vida es de mas de 80 años. Les hable también de la eutanasia que se practica en Holanda y del suicidio asistido que se discutió en el parlamento del mismo país hace algunos meses. Trate de razonar con ellos acerca de los derechos humanos y de que el derecho a morir pudiese ser uno de ellos.
Argumentaban, como suelen hacerlo los creyentes, que la vida no nos pertenece, que dios es quien dispone de ella, y yo intentaba ser respetuoso ante su arrogancia cristiana; pero no pude guardar silencio y tuve que agredirlos con mis palabras cuando les dije que si ellos podían ver crecer a sus nietos no era gracias a ese dios egoísta en el que ellos creían, si no gracias a los avances de la ciencia y el conocimiento humanos. Usando el mismo argumento de la naturaleza humana aseguraban que el curso de la vida no puede ser alterado por el hombre, a lo que yo les respondí nuevamente diciéndoles que el hombre ya lo había alterado con la tecnología y la medicina moderna. Insistían en que yo debía ir a un siquiatra para que me recetara "prozac" por que muy seguramente estaba atravesando una etapa depresiva y yo les respondí que no puede haber depresion que dure 30 años, que lo mío no puede ser estigmatizado en un simple cuadro clínico de depresión, que personas como yo creemos firmemente en nuestro derecho a morir y que quisiéramos ejercerlo en algún momento de nuestras vidas, de manera autónoma, consciente y por encima de todo, segura.
Les dije que yo no necesitaba otros 20 o 40 años siendo testigo de mi deterioro físico y mental, para llegar a la misma conclusión, que para mi no bastaba con acumular años, que yo he vivido ya todo lo que necesito vivir y que la muerte no podía seguir siendo considerada como la derrota absoluta como se percibe en nuestra sociedad; que me encantaría morir en pleno uso de mis facultades físicas y mentales, que me gustaría poder despedirme de las personas que le dieron sentido y sobre todo alegría a mi vida y que eso solo puede hacerse si yo mismo puedo decidir ese ultimo momento.

La discusión entonces volvió a los terrenos de la religión, dioses y biblias volvieron a aparecer en sus argumentos y yo decidí callar nuevamente, pensé en el enorme error que había cometido al dejarme llevar por la emoción de la palabra y me despedí con alguna sonrisa sarcástica cuando dijeron que orarían por mi.

"Lo que sé a los sesenta años, ya lo sabía a los veinte. Cuarenta años de un largo, superfluo trabajo de comprobación" Emile Cioran




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