sábado, 15 de enero de 2011

DE LA CARIDAD A LA JUSTICIA

Ayer se cumplió un año del terremoto que arraso con lo poco que quedaba del primer estado moderno que decidió poner en práctica las ideas de la revolución francesa incluso contra la misma Francia que las había traicionado.

Haití no es ni sombra de lo que pudo ser hace mas de 200 años, pero no es de la historia de Haití de lo que quería escribir hoy; entre otras cosas por que si casi nadie lee este blogg cuando escribo de asuntos trascendentales como dios, el capitalismo o la soledad, mucho menos lograría mantener la atención de los poquísimos lectores que tengo si dedicara mas de cinco renglones a escribir acerca de ese minúsculo proto-estado cuyo PIB no alcanza a ser ni el 10 % del valor nominal de Microsoft.

Sin embargo, fue leyendo acerca de Haití y de este aniversario, que recordé la rabia que me produce la caridad y la simpatía que tengo por la justicia.

La caridad, según la definición de la RAE en una de sus acepciones, es la "actitud solidaria con el sufrimiento ajeno"; mientras que la justicia, en la misma obra, es definida usando las palabras de Platón como "una de las cuatro virtudes cardinales que inclina a dar a cada cual lo que le corresponde".

Al hacer un análisis simple de ambos conceptos no encontramos contradicción aparente entre uno y otro vocablo, es mas, podría pensarse que son complementarios y que quien hace una obra de caridad esta a su vez siendo justo. Pero no es así y Haití es una prueba con diez millones de personas que reciben caridad pero esperan justicia.

En los países desarrollados, pertenecientes a las elites del poder económico mundial, sus ciudadanos miran con desdén, a veces con compasión, y casi siempre con lastima, lo que ocurre en el tercer mundo y cuando alguna tragedia les recuerda que el sur también existe; cuando huracanes, terremotos, maremotos o hambrunas llegan a sus pantallas gracias a la inmediatez de los medios, sus corazones se conmueven y limpian sus conciencias con 20 o 30 dólares, lo que les cuesta una cena y un par de bebidas en un restaurante promedio. No se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, o no les dejan darse cuenta; que su caridad no cambia nada, que solo el cambio de estructuras socio-económicas pueden hacer la vida menos miserable para esos seres cuya tragedia se repite día a día y no solo cuando los desastres naturales o las calamidades provocadas por el mismo hombre, los hacen visibles.

Si en vez de caridad las elites económicas se comprometieran con la justicia, la caridad no seria necesaria, por que solo un sistema que permita la repartición equitativa de las riquezas puede prescindir de la caridad. No se trata de dar limosna a los pueblos oprimidos, se trata de pagar precios justos por sus productos y de apoyar movimientos sociales y políticos que promuevan el desarrollo sostenible del tercer mundo. Pero mientras el capitalismo salvaje sea el dogma con el que tengamos que convivir, la justicia no podrá llegar, por que detrás de toda gran riqueza siempre hay una gran injusticia, por que el capitalismo solo tiene un propósito: “la máxima utilidad con la mínima inversión y en el menor tiempo posible” y para lograrlo tiene que generar inequidad; es imposible que un sistema que promueva como valor fundamental la codicia pueda servir por igual a quien se enriquece y a quien enriquece al enriquecido.

Cuando la plusvalía de 2011 es infinitamente superior a la de 1867 año en que vio la luz la primera edición de “El Capital” de Carlos Marx, cuando la brecha entre ricos y pobres se hace inmensurable, cuando El 2% de las personas mas ricas en el mundo posee más de la mitad de la riqueza global y en contraste, la mitad más pobre de la población del mundo solo es dueña del 1% de la riqueza* (1) cuando el 10 % del valor nominal de una multinacional equivale al PIB de un país pequeño, cuando las utilidades de las 500 empresas mas grandes equivalen al 80 % de la riqueza del mundo entero, es cuando las ideas de Marx se hacen mas necesarias e imprescindibles que nunca. Los pueblos oprimidos no piden limosna, los pueblos oprimidos exigen justicia.

Colombia, ese estado fallido en el que tuve la mala suerte de nacer, vivió hace algunos días, según dicen los amnésicos medios de comunicación, una de las temporadas de lluvias más inclementes de los últimos tiempos.

Yo, que todavía no sufro de amnesia a pesar de acercarme peligrosamente a la edad en la que el alzheimer nos roba los recuerdos; recuerdo, que durante los casi 30 años que viví en Colombia, cada invierno era peor que el anterior y siempre los pobres eran los que sufrían las consecuencias y otra vez la caridad de los ricos, por que en los países pobres también hay ricos, menos que en los países ricos, y menos ricos que los ricos del norte, pero ricos al fin y al cabo para los estándares de pobreza del tercer mundo. Los ricos entonces se conmovían al ver familias que perdían lo poco que tenían; es decir; un colchón, un par de sillas, un comedor; dos gallinas y un marrano si vivan en el campo y los mismos enceres sin marrano y sin gallinas si los desgraciados vivían en la ciudad.

Era entonces la caridad de los ricos, la caridad del gobierno la que llegaba a paliar el dolor de la tragedia, pero la justicia nunca se hizo presente y la tragedia se repetía año tras año. La caridad nunca soluciona la raíz de problema. La justicia hubiera destinado recursos del estado y por ende de la sociedad, a la construcción de diques o al reasentamiento urbano en áreas fuera de peligro, pero eso es mucho pedir, las conciencias ya estaban limpias por que las arcas de las limosnas se habían abierto cerrando como siempre las puertas a la justicia.

La caridad es mas útil para el que la otorga que para el que la recibe, por que lo libera de la culpa, por que lo hace sentir moral y económicamente superior, por que con 30 dólares o su equivalente en la moneda local del que lea este blogg, lo libera de la responsabilidad social de elegir gobernantes que en vez de prodigar caridad hagan justicia. La caridad se hace con las sobras de nuestra comodidad y es mas barata.

La justicia es relacional por que exige que nos involucremos de forma personal, demos la cara, nos comprometamos y nos apasionemos, la justicia no se logra con limosnas, cuando se hace justicia o se lucha por la justicia se hacen amigos y enemigos, cuando se brinda caridad solo se hacen amigos. La justicia transforma; la caridad mantiene el sistema de valores que se reproducen eternamente generando mas necesidad y mas caridad, La justicia cambia las vidas de quien recibe un trato justo y de quien lo otorga, la justicia es revolucionaria por que cambia las estructuras de poder, la caridad las mantiene. La justicia brinda un trato digno, la caridad denigra de la condición humana del dador y del receptor.

La caridad es políticamente correcta, la justicia es revolucionaria.

Cuando los pueblos reciben caridad deben exigir justicia y si no se las dan tienen el derecho de hacerse con ella a la fuerza si fuera necesario pasando por encima incluso de quienes les prodigan caridad.

*(1) Instituto mundial para el desarrollo económico de las Naciones Unidas. (World Institute for Development Economics of the United Nations University, UNU-WIDER)

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