Ya empieza a caer la nieve, la primera nevada del interminable invierno canadiense, ya acomode mi cuerpo a su llegada, como los osos que ivernan, llevo semanas atragantándome de dulce para tener suficientes calorías que compensen la falta de calor corporal, pero las chocolatinas no suplen la falta del calor humano que mi alma a veces resiente. Esta soledad que me acompaña no tiene espacio para dos, es por eso que hace un par de años renuncie al dolor de la cama doble sin tener con quien compartirla y decidí comprar una sencilla en la que mi cuerpo no siente el espacio vacío de la ausencia del otro.
A veces paso tanto tiempo sin escuchar mi propia voz que cuando alguien me llama por teléfono y me escucha lo primero que me pregunta es si acabo de despertarme por que mi voz suena como si siempre estuviera recién levantado.
¿De que me sirve ser bilingüe si ni en ingles ni en español puedo hablar? El Internet intenta compensar la falta de compañía con "fecebook", "twiter" , "msn" y "blog" pero las palabras que se transcriben del pensamiento al teclado no son contestadas, es como si allí, detrás de la pantalla hubiera alguien, pero la verdad es que no hay nadie, no hay voz, no hay comunicación; a lo sumo un monologo de palabras escritas.
Construí mi vida con la certeza de no llegar a los treinta y en este momento sigo aproximándome peligrosamente a los cincuenta, en una soledad tan desolada que los cien años de García Márquez se convierten en segundos comparados con la mía.
Buscando una estabilidad económica, jamás encontrada, le vendí mi alma al diablo y el exilio fue mi única salida. Pero que doloroso es estar solo en una tierra que nunca te aceptará y nunca sentirás como tuya, sin embargo regresar a la "mala patria" tampoco es una opción y allí tampoco quedan muchos afectos y los pocos que hay tal vez un día no muy lejano dejen de serlo, porque quien se va es quien abandona y quien se queda ni falta que le hacen quienes emigran. Cada cual vive su propio exilio interno y su propio acercamiento a su alma, pero solo quienes experimentamos el exilio verdadero; el que incluye aviones, sabores y recuerdos, somos capaces de dimensionar el dolor que deja el adiós, aunque ese adiós haya sido hace ya tres mil días, setenta y cuatro mil horas, cuatro millones quinientos mil minutos, y casi doscientos setenta millones de segundos. Se dicen rápido pero se hacen eternos. Hay quienes afirman que el tiempo todo lo borra pero mi borrador de memoria debe ser "made in China" por que nunca ha funcionado.
Decía Mario Benedetti en uno de sus poemas que “siempre cuesta un poco empezar a sentirse desgraciado”, pero cuesta el doble cuando estas solo en un mundo lleno de incertidumbres y bifurcaciones de caminos que dejan entrever un futuro sin esperanza y en el que los sueños de juventud se convirtieron en un presente que ni en mis peores pronósticos pude vislumbrar.
Sentado ante esta pantalla de 32 pulgadas que magnifican con su tamaño mi inconmensurable soledad, debo decidir en este momento si apago el computador y enciendo el televisor o retomo la lectura del libro abandonado a su suerte en mi mesa de noche, o si por el contrario, en un acto de masoquismo afectivo decido contemplar la primera nevada que empieza a caer justo mientras escribo estas palabras.
Que ironía, empiezan a sonar “las cuatro estaciones” de Vivaldi y el libro que tengo sobre la mesa de noche se titula “En las cimas de la desesperación”; leer a Cioran siempre será un estremecimiento del espíritu. Creo que mejor me tomaré un somnífero y apagaré el mundo por unas horas.
Mañana será otro día, otro día de mierda, pero otro día al fin y al cabo.
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