Mi amigo Gustavo tardó
cuatro horas, cuarenta y un minutos y veinticinco segundos en cruzar hoy la
meta en la maratón de Nueva York, un récord personal extraordinario si consideramos
que hace poco ingresaba al quirófano por segunda vez en menos de dos años por
culpa de un tumor cerebral que pudo llevarlo a la tumba o dejarlo postrado en
una cama por el resto de sus días.
Recuerdo que poco después de la primera cirugía Gustavo se ausentó por un tiempo hasta que un día volvió a llamarme, a disculparse por su prolongado silencio y a explicar la causa del mismo; me contó que el tumor había vuelto a aparecer, que iban a operarlo de nuevo, me habló de los riesgos; que incluían en altos porcentajes la muerte y la parálisis y quería darme las gracias porque yo había sido importante en su vida, fue una llamada sincera, una de esas pocas veces en la vida en que escuchamos a las personas con el corazón porque sabemos que es desde allí desde donde nos hablan. Me sentí extraño, entre halagado, melancólico y triste, recordé cada momento de nuestra larga historia compartida y supe que existía una posibilidad próxima y real de no volver a verlo con vida; a la semana siguiente Gustavo invitó a sus amigos a una cena el día antes de su cirugía, fue una reunión extraña, todos sabíamos porque estábamos allí, sabíamos que no era una fiesta, y aunque reímos como si lo hubiera sido sabíamos que Gustavo podía morir al día siguiente. Compartió con nosotros las que pudieron ser sus últimas horas y nosotros disfrutamos de su presencia en la que pudo ser la última vez.
Gustavo se recuperó luego de
una intensa lucha contra las secuelas de la cirugía y sigue compartiendo su
existencia con quienes tenemos el privilegio de ser sus amigos; hoy cruzó la
meta de la maratón de Nueva York y confiesa modestamente que lloró de la emoción
cuando lo hizo; yo quisiera haber estado en la meta para abrazarlo, secar sus lágrimas
y felicitarlo por este nuevo logro, decirle
que aunque el tiempo y la distancia se empeñen en separarnos; su carácter, su
inquebrantable voluntad y su infinita modestia lo convierten en mi héroe. Recuerdo que poco después de la primera cirugía Gustavo se ausentó por un tiempo hasta que un día volvió a llamarme, a disculparse por su prolongado silencio y a explicar la causa del mismo; me contó que el tumor había vuelto a aparecer, que iban a operarlo de nuevo, me habló de los riesgos; que incluían en altos porcentajes la muerte y la parálisis y quería darme las gracias porque yo había sido importante en su vida, fue una llamada sincera, una de esas pocas veces en la vida en que escuchamos a las personas con el corazón porque sabemos que es desde allí desde donde nos hablan. Me sentí extraño, entre halagado, melancólico y triste, recordé cada momento de nuestra larga historia compartida y supe que existía una posibilidad próxima y real de no volver a verlo con vida; a la semana siguiente Gustavo invitó a sus amigos a una cena el día antes de su cirugía, fue una reunión extraña, todos sabíamos porque estábamos allí, sabíamos que no era una fiesta, y aunque reímos como si lo hubiera sido sabíamos que Gustavo podía morir al día siguiente. Compartió con nosotros las que pudieron ser sus últimas horas y nosotros disfrutamos de su presencia en la que pudo ser la última vez.
Parece ser alguien a quien quería mucho. Bonita descripción de tu experiencia con él.
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