La lista, que parece interminable, comienza con Melciades Contento, un campesino miembro del Partido Comunista Colombiano y de la recién nacida Unión Patriótica que fue asesinado por paramilitares el seis de abril de 1984 en Viotá, Cundinamarca y termina con Jesús Figueroa dirigente de la misma agrupación política y que fue asesinado en fecha y lugares indeterminados en el departamento del Tolima, entre uno y otro, entre el primero y el ultimo, aparecen los nombres, la ocupación, los lugares donde fueron asesinados, las fechas de su asesinato y los posibles autores de todos y cada uno de los (1.598) mil quinientos noventa y ocho miembros de la Unión Patriótica que Roberto Romero Ospina, valiente periodista colombiano, logra identificar e individualizar. Yo, en un homenaje silencioso a su memoria, decido leer todos sus nombres, recordando, mientras los leo, un pedazo de la historia de mi país que tuve que vivir y sufrir en la época en que empecé a adquirir conciencia política, en aquel momento en el que el hombre decide su destino y se coloca del lado de las victimas o de los victimarios.
Ya nadie los recuerda, nadie habla de ellos, son cifras sin nombre que Roberto Romero intenta hacer visibles. Son pobres casi todos; campesinos, obreros, sindicalistas, estudiantes y guerrilleros desmovilizados, es decir, no combatientes, que fueron sistemáticamente eliminados por las elites de los poderes fácticos en Colombia en asocio con militares y paramilitares. Todos pertenecían a un partido político que nació como resultado de unos fallidos acuerdos de paz con las FARC. El establecimiento no podía permitir que la izquierda llegara al poder y por eso los mataron, eso tiene un nombre: Genocidio. El estado colombiano es responsable por acción y omisión del genocidio del que fue victima una agrupación política legal que buscaba un espacio dentro de esa democracia amañada que ha prevalecido en Colombia.
Yo estaba recién salido del colegio en 1985 y con apenas 16 años cuando fui reclutado por el ejercito colombiano, tuve entonces que vivir en carne propia y de primera mano los horrores de la guerra y recuerdo con dolor y con rabia que el adoctrinamiento ideológico incluía un muy completo lavado de cerebro que pretendía, y en la gran mayoría de los casos lo lograba, convencer a los reclutas de que el enemigo era el comunismo, que los enemigos a veces se infiltraban en la población civil y que era justo y legal eliminarlos aunque no portaran armas. Yo escuchaba con asombro semejantes argumentos y en ocasiones inocentemente hacia preguntas a mis superiores acerca de los acuerdos de paz y del compromiso del gobierno de respetar el cese al fuego, su respuesta siempre fue la misma: “no hay mejor comunista que el comunista muerto”, y yo que no había leído a Marx, (vine a leerlo mucho después) y que no podría definirme como comunista en aquel momento, creía que una idea por contraria que fuera a la mía, no podía ser considerada como enemiga y que sargentos y tenientes estaban equivocados. Tuve entonces que aguantarme esos once meses, veintiséis días y poco mas de catorce horas, vistiendo el uniforme de un ejercito que no merecía mi respeto, de un ejercito incapaz de respetar la vida de las ideas y mucho menos la vida de quienes las profesaban. Recuerdo que al batallón llegaban camiones con personal no militar pero mejor armados que nosotros y entraban y salían como Pedro por su casa, en aquel momento yo no sabia quienes eran ni mucho menos que hacían, el soldado no tiene derecho a preguntar, el soldado no sabe lo que pasa fuera del batallón, el soldado solo esta obligado a obedecer y las ordenes se cumplen. En eso consiste el adoctrinamiento de la milicia, soldado que pregunta mucho es peligroso, y yo preguntaba mucho, tanto, que decidieron hacerme seguimientos durante mis licencias (salidas del batallón) tratando de establecer si era algún infiltrado, obviamente yo no lo era, a lo sumo era un adolescente con muchas preguntas y con pocas respuestas, pero infiltrado no. Pasaron los años y mi conciencia política empezó a tomar partido por la izquierda, ya como estudiante universitario pude comprender lo que hacían aquellos hombres que entraban al batallón sin ser soldados; eran los paramilitares, los que hacían el trabajo sucio del ejercito, los que mataban campesinos, estudiantes y sindicalistas. Leyendo: “Expedientes contra el olvido” pude relacionar los asesinatos de la región con aquellos hombres que se bajaban de los camiones sudorosos como si llegaran de combatir y que eran recibidos y atendidos en los casinos de oficiales y suboficiales de mi batallón.
Los militantes de la Unión Patriótica eran un blanco fácil para el establecimiento, eran lideres, en su gran mayoría campesinos, sin mas armas que sus palabras y sin mas defensa que sus ideas, lograron en poco tiempo convertirse en alternativa de poder local y regional y dos de sus candidatos presidenciales fueron asesinados: Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo. La corrupta clase dirigente colombiana no podía permitir el asenso de la izquierda democrática, por eso se da el exterminio de la Unión Patriótica, por eso sus militantes asistían a mas funerales que mítines políticos, los que no murieron tuvieron que exiliarse y los que sobrevivieron fueron asimilados por otras agrupaciones de izquierda que han sobrevivido al exterminio. Se suele decir que los comunistas combinan todas las formas de lucha, la verdad es que quienes de verdad combinan todas las formas de lucha son los asesinos de la extrema derecha colombiana, tienen unas fuerzas armadas que defienden sus intereses y cuando la legalidad no basta no tienen inconveniente en ordenar el asesinato sistemático de sus oponentes con sus ejércitos privados y si la sociedad quiere juzgarlos se inventan leyes que tienen el descaro de llamar “de justicia y paz”, para que las victimas perdonen y olviden mientras los asesinos siguen asistiendo a los cocteles.
“Expedientes contra el olvido” debiera ser lectura obligada en colegios y universidades, por que la historia también debe contarse desde la perspectiva de las victimas y Roberto Romero Ospina se pone de su lado para decirnos quienes fueron y por que los mataron.
Desafortunadamente este libro no llegara ni siquiera a los estantes de las librerías, solo algunos privilegiados que nos negamos a contagiarnos de la amnesia colectiva podremos leerlo y a juzgar por la edición de lujo su precio será inaccesible para la gran mayoría de lectores; yo, por ejemplo, no hubiera podido adquirirlo, a pesar de haberlo buscado en varias librerías de Bogota, si no hubiese sido por Ana Maria, para ella por obsequiármelo y para Roberto por escribirlo, van mis agradecimientos y para los 1.598 militantes de la Unión Patriótica asesinados mi silencioso homenaje.
Y si algún lector de mi blog quisiera saber los nombres de algunos de los asesinados cuya pobreza no merecía primeras planas en la gran prensa colombiana, en este link puede encontrarlos.
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