Lees desprevenidamente el periódico
del domingo y entre guerras, muertos y políticos mentirosos que desdicen lo
dicho el domingo anterior, te encuentras con un anuncio de empleo, te detienes
un instante para leerlo y lo vuelves a leer, te ilusionas, encaja perfectamente
en tu perfil y sueñas con que esta vez si vas a dejar de
ser un desempleado, te ilusionas ante la posibilidad de volver al mercado
laboral, al fin, crees, alguien va a valorar tu experiencia, tus títulos,
cursos e idiomas; no importa que ya estés viejo, no importa que haya otros
cien, quizás mil candidatos, que como tú, se ilusionaron con el mismo anuncio,
no importa que las probabilidades sean pocas, no importa que el sentido común
te diga que lo más probable es que ponen el anuncio para cumplir con un trámite
pero ya deben tener el candidato perfecto: el sobrino del amigo del primo del
gerente de recursos humanos en la empresa que ha puesto el anuncio. (A
propósito, ¿en qué momento los humanos dejamos de ser seres para convertirnos
en recursos?) Y entonces preparas tu hoja de vida, la acomodas de acuerdo con
las características de la convocatoria, intentas perfeccionar tu carta de
presentación, cierras el sobre, la envías y esperas. Haces planes y sientes que
esta vez si te van a llamar al menos para hacerte una entrevista, y a medida
que pasan los días tu ilusión se va desvaneciendo convirtiéndose pronto en
decepción y como cuando compras la lotería, que sabes perfectamente que no vas
a ganar, postergas la lectura de los resultados para seguir soñando, así mismo
postergas la ilusión un día más, luego, casi sin notarlo, te vas olvidando del
asunto y sabes que esa vacante tampoco era para ti, como las otras cien que has
encontrado en los últimos tiempos y las próximas que encontrarás. Al domingo
siguiente volverás a leer el periódico y como en un acto reflejo volverás a los
anuncios clasificados y volverás a soñar y así, en un interminable mito de
Sísifo en el que en vez de una gran roca cargas una inmensa pena, intentas
subir nuevamente la cima para caer estrepitosamente a recoger tu fracaso.
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