Con el paso
del tiempo, y las tempranas manifestaciones de la vejez, algunas actividades
que antes nos resultaban imperdibles pasan a ser opciones más bien descartables
y asistir un espectáculo en vivo deja de ser una prioridad. En mi juventud para
ver conciertos masivos o algún partido de fútbol dejaba de comer si era
necesario con tal de pagar las entradas y disfrutar de la experiencia, no había
Internet ni redes sociales virtuales, así que la vivencia era personal y
colectiva pero se limitaba al grupo de personas que asistían al espectáculo.
Hoy
las cosas han cambiado y a juzgar por la cantidad de fotos y vídeos que se
hacen pareciera que ahora la experiencia no se limitara al goce del momento si no, y
sobre todo, a la exposición pública de la alegría real o fingida. No basta con
asistir, hay que probar que lo hicimos y el proceso es más o menos el
siguiente: Alguien avisa en las redes que planea ir a un espectáculo, luego
publica las fotos de las entradas, se toma fotos en las previas, del desplazamiento y del momento en que
ingresan, no puede faltar por supuesto la foto con el emblema del espectáculo,
hasta las salas de teatro tienen ahora lugares especiales para que la gente
pueda fotografiarse con los grandes iconos en cartón de los protagonistas que
de paso sirven como estrategia publicitaria,
después, aunque suelen recordarnos que no debemos filmar o fotografiar
el evento, la gente hace caso omiso y se pasa la mitad del espectáculo filmando
o fotografiando. Al final todos la han pasado de maravilla, aunque haya sido
una experiencia nefasta porque ¿cómo traicionar la expectativa ajena si la
promesa de felicidad propia ha sido tan alta?
En el caso
del abierto de tenis de Argentina 2020 me deje llevar por mis escasos impulsos
juveniles y haciendo abstracción de mi leve sociofobia decidí comprar un abono
para el fin de semana que incluía entradas a los cuartos, semis y final del
mismo. Y ya desde el principio la expectativa se fue desvaneciendo. Mientras
compraba en línea para asegurarme buenos puestos, y evitar de paso quedar
ubicado en la silla que hace algunos años me toco en la que uno de los postes
de luz artificial obstaculizaba mi visual de la mitad de la cancha, me di cuenta que después del proceso de compra
aparecían unos cargos abusivos por “costos de servicio” y
“cargos de envio” equivalentes al
10% del valor de las entradas y considerando que tuve que retirar las entradas
personalmente en un punto de venta nunca entendí cuál era el servicio que me
cobraban. Al final supe, gracias a otro sufrido espectador, que esos costos me
ahorraron una fila de una hora bajo la canícula del medio día del verano
porteño en el único puesto de entrega habilitado para tal fin.
Una semana
antes del inicio del torneo ya habían cancelado su participación cuatro de los
cinco tenistas cuya aparición hacía atractiva esta competencia incluyendo dos
de los mejores ocho del mundo y en las
primeras rondas quedaron eliminados otros dos que si bien no eran los mejores
del ranking y su talento venia menguando tenían un estilo de juego que siempre
dejaba alguna linda experiencia visual.
A pesar de
todo decidí asistir a los cuartos de final con pocas expectativas y resulto ser
peor de lo pensado.
Todo empezó
mal cuando al ingreso del recinto fui informado por un guardia de seguridad con
toda la altanería que suele caracterizar estos individuos, el eslabón más bajo y visible en la cadena de las estructuras
de poder, que la organización prohibía
el ingreso de alimentos y bebidas y que debía tirar o consumir mi sándwich y mi bebida antes de poder ver los juegos por los que había pagado. Mi formación de
abogado me llevo a solicitar amablemente información acerca de la norma en la
que la organización se basaba para semejante atropello, la discusión fue
escalando hasta que un empleado con actitud prepotente me dijo que si quería podía escribir en el libro de quejas (que de seguro
nadie lee) o interponer una demanda. Al final mi sándwich y mi bebida congelada
desde el día anterior para que no dejara de estar fría durante el juego, terminaron
en la basura porque tampoco existía la opción de que me devolvieran el dinero.
Supe que esta arbitrariedad es común en los espectáculos públicos y además que es una clara violación de la normativa
vigente ante la que el espectador poco o nada puede hacer.
Después me
dispuse a ver el segundo set del segundo partido de cuartos, porque el primero
era entre dos semidesconocidos tenistas que solo contemplaron sus más cercanos
colaboradores y algún espectador madrugador y masoquista. Pero vaya sorpresa, si bien pude evitar los
postes de luz artificial, ahora la barrera visual que tapaba la cuarta parte de
la cancha eran las sombrillas de los camarógrafos.
Después llegó el único
partido de la jornada que podía compensar el esfuerzo y tanta amargura
acumulada. El partido resulto épico y Diego Schwartzman y Pablo Cuevas
brindaron un espectáculo digno de la definición que David Foster Wallace en “El
tenis como experiencia religiosa” hace de este deporte: “La belleza no es la meta de los deportes de competición, y sin embargo
los deportes de élite son un vehículo perfecto para la expresión de la belleza
humana. La relación que guardan ambas cosas entre sí viene a ser un poco como
la que hay entre la valentía y la guerra. La belleza humana de la que hablamos
aquí es de un tipo muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder y
su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las
normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la
reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo.”
Sin embargo
al finalizar el segundo set, luego que Diego pudiera remontar cuatro
matchpoints en contra llevándose una merecida ovación, tuve que salir a comprar
algo de comer y alguna bebida para evitar la inanición y la deshidratación en
el único puesto de comidas cercano al lugar donde me encontraba, las filas eran
cortas, había solo once personas adelante y me dije a mi mismo: “bueno me
perderé los tres primero games pero no moriré en las gradas”. Estaba
equivocado, pasaron siete games y 35
minutos antes que pudiera volver a la cancha, la oferta de bebidas se limitaba
a agua, pomelo, naranja y manzana (ninguna de mi agrado) de una marca
patrocinadora del evento y tal como lo supuse estaban casi tibias y la comida
casi fría, sin entrar en detalles acerca de los exorbitantes precios que hay
que pagar por la mala atención, la escasa oferta y el tiempo perdido.
Diego y
Pablo siguieron luchando por la victoria, que a la postre fue para Diego que
jugo los últimos tres games con una lesión que lo obligó a abandonar el torneo al
día siguiente poco antes del inicio de la semifinal que debió ser cancelada.
Después de
un extraordinario partido de cuartos llegaba un aburrido juego en el que ya no
quedaba casi ningún espectador y al final del primer set quedaba claro que no había
mucho que hacer en esa cancha. Llegue a mi casa cansado, sediento y hambriento
y hoy en la mañana empecé a sentir un insoportable dolor de espalda, a la única
semifinal que hubo hoy no fui y no tengo la mas mínima intención de asistir a
la final. Este texto y las entradas no usadas del abierto de tenis de Argentina
2020 pienso enmarcarlos y ponerlos en la sala de mi casa para recordar en lo
que me reste de vida que la experiencia
religiosa de la que hablaba Wallace la seguiré viviendo cómodamente en el salón
de mi casa, frente a la pantalla del televisor, con bebidas frías y comidas
calientes.
Post
scríptum: Viendo cómodamente sentado en mi sala el único partido de semis que
se jugó me doy cuenta que dos espectadores sufrieron desmayos mientras veían el
partido, que tuvo que ser suspendido para atenderlos. No me sorprende, con la
dificultad impuesta por la organización del evento para ingresar bebidas y ante
la absurda pérdida de tiempo necesaria para comprar una de la marca
patrocinadora dentro del lugar, hay personas, especialmente mayores, que no
logran soportar las altas temperaturas y vuelvo a ver en medio del barullo que
se formó en la tribuna el rostro del empleado con más poder dentro de la
logística del evento que atendió mi reclamo inicial. ¿Sera lo suficientemente
inteligente para entender la relación causa efecto entre la medida que defiende
como perro faldero del dueño del negocio y la posibilidad de que alguien muera
realmente por deshidratación? Lo dudo.
Post
scríptum 2: Acabo de ver la final cómodamente sentado en mi sillón preferido.
Decir que fue mala es quedarme corto, me alegra enormemente no haber ido, lo
mejor que me pudo pasar en este abierto
de tenis de Buenos Aires 2020 fue haber tomado la decisión de no volver a la
cancha. Por cierto en la final otro espectador se desmayó. ¿Sera que para el próximo
año vuelven a prohibir el ingreso de bebidas y alimentos?
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