sábado, 15 de febrero de 2020

ABIERTO DE ARGENTINA 2020 CRÓNICA DE UNA MALA DECISIÓN


Con el paso del tiempo, y las tempranas manifestaciones de la vejez, algunas actividades que antes nos resultaban imperdibles pasan a ser opciones más bien descartables y asistir un espectáculo en vivo deja de ser una prioridad. En mi juventud para ver conciertos masivos o algún partido de fútbol dejaba de comer si era necesario con tal de pagar las entradas y disfrutar de la experiencia, no había Internet ni redes sociales virtuales, así que la vivencia era personal y colectiva pero se limitaba al grupo de personas que asistían al espectáculo. 
Hoy las cosas han cambiado y a juzgar por la cantidad de fotos y vídeos que se hacen pareciera que ahora la experiencia no se limitara al goce del momento si no, y sobre todo, a la exposición pública de la alegría real o fingida. No basta con asistir, hay que probar que lo hicimos y el proceso es más o menos el siguiente: Alguien avisa en las redes que planea ir a un espectáculo, luego publica las fotos de las entradas, se toma fotos en las previas,  del desplazamiento y del momento en que ingresan, no puede faltar por supuesto la foto con el emblema del espectáculo, hasta las salas de teatro tienen ahora lugares especiales para que la gente pueda fotografiarse con los grandes iconos en cartón de los protagonistas que de paso sirven como estrategia publicitaria,  después, aunque suelen recordarnos que no debemos filmar o fotografiar el evento, la gente hace caso omiso y se pasa la mitad del espectáculo filmando o fotografiando. Al final todos la han pasado de maravilla, aunque haya sido una experiencia nefasta porque ¿cómo traicionar la expectativa ajena si la promesa de felicidad propia ha sido tan alta?

En el caso del abierto de tenis de Argentina 2020 me deje llevar por mis escasos impulsos juveniles y haciendo abstracción de mi leve sociofobia decidí comprar un abono para el fin de semana que incluía entradas a los cuartos, semis y final del mismo. Y ya desde el principio la expectativa se fue desvaneciendo. Mientras compraba en línea para asegurarme buenos puestos, y evitar de paso quedar ubicado en la silla que hace algunos años me toco en la que uno de los postes de luz artificial obstaculizaba mi visual de la mitad de la cancha,  me di cuenta que después del proceso de compra aparecían unos cargos abusivos por “costos de servicio”  y  “cargos de envio”  equivalentes al 10% del valor de las entradas y considerando que tuve que retirar las entradas personalmente en un punto de venta nunca entendí cuál era el servicio que me cobraban. Al final supe, gracias a otro sufrido espectador, que esos costos me ahorraron una fila de una hora bajo la canícula del medio día del verano porteño en el único puesto de entrega habilitado para tal fin.
Una semana antes del inicio del torneo ya habían cancelado su participación cuatro de los cinco tenistas cuya aparición hacía atractiva esta competencia incluyendo dos de los mejores ocho del mundo  y en las primeras rondas quedaron eliminados otros dos que si bien no eran los mejores del ranking y su talento venia menguando tenían un estilo de juego que siempre dejaba alguna linda experiencia visual.

A pesar de todo decidí asistir a los cuartos de final con pocas expectativas y resulto ser peor de lo pensado.
Todo empezó mal cuando al ingreso del recinto fui informado por un guardia de seguridad con toda la altanería que suele caracterizar estos individuos, el eslabón más  bajo y visible en la cadena de las estructuras de poder,  que la organización prohibía el ingreso de alimentos y bebidas y que debía tirar o consumir mi sándwich y mi bebida antes de poder ver los juegos por los que había pagado. Mi formación de abogado me llevo a solicitar amablemente información acerca de la norma en la que la organización se basaba para semejante atropello, la discusión fue escalando hasta que un empleado con actitud prepotente  me dijo que si quería podía  escribir en el libro de quejas (que de seguro nadie lee) o interponer una demanda. Al final mi sándwich y mi bebida congelada desde el día anterior para que no dejara de estar fría durante el juego, terminaron en la basura porque tampoco existía la opción de que me devolvieran el dinero. Supe que esta arbitrariedad es común en los espectáculos públicos y  además que es una clara violación de la normativa vigente ante la que el espectador poco o nada puede hacer.
Después me dispuse a ver el segundo set del segundo partido de cuartos, porque el primero era entre dos semidesconocidos tenistas que solo contemplaron sus más cercanos colaboradores y algún espectador madrugador y masoquista.  Pero vaya sorpresa, si bien pude evitar los postes de luz artificial, ahora la barrera visual que tapaba la cuarta parte de la cancha eran las sombrillas de los camarógrafos. 

Después llegó el único partido de la jornada que podía compensar el esfuerzo y tanta amargura acumulada. El partido resulto épico y Diego Schwartzman y Pablo Cuevas brindaron un espectáculo digno de la definición que David Foster Wallace en “El tenis como experiencia religiosa” hace de este deporte: “La belleza no es la meta de los deportes de competición, y sin embargo los deportes de élite son un vehículo perfecto para la expresión de la belleza humana. La relación que guardan ambas cosas entre sí viene a ser un poco como la que hay entre la valentía y la guerra. La belleza humana de la que hablamos aquí es de un tipo muy concreto; se puede llamar belleza cinética. Su poder y su atractivo son universales. No tiene nada que ver ni con el sexo ni con las normas culturales. Con lo que tiene que ver en realidad es con la reconciliación de los seres humanos con el hecho de tener cuerpo.”

Sin embargo al finalizar el segundo set, luego que Diego pudiera remontar cuatro matchpoints en contra llevándose una merecida ovación, tuve que salir a comprar algo de comer y alguna bebida para evitar la inanición y la deshidratación en el único puesto de comidas cercano al lugar donde me encontraba, las filas eran cortas, había solo once personas adelante y me dije a mi mismo: “bueno me perderé los tres primero games pero no moriré en las gradas”. Estaba equivocado, pasaron siete games  y 35 minutos antes que pudiera volver a la cancha, la oferta de bebidas se limitaba a agua, pomelo, naranja y manzana (ninguna de mi agrado) de una marca patrocinadora del evento y tal como lo supuse estaban casi tibias y la comida casi fría, sin entrar en detalles acerca de los exorbitantes precios que hay que pagar por la mala atención, la escasa oferta y el tiempo perdido.
Diego y Pablo siguieron luchando por la victoria, que a la postre fue para Diego que jugo los últimos tres games con una lesión que lo obligó a abandonar el torneo al día siguiente poco antes del inicio de la semifinal que debió ser cancelada.

Después de un extraordinario partido de cuartos llegaba un aburrido juego en el que ya no quedaba casi ningún espectador y al final del primer set quedaba claro que no había mucho que hacer en esa cancha. Llegue a mi casa cansado, sediento y hambriento y hoy en la mañana empecé a sentir un insoportable dolor de espalda, a la única semifinal que hubo hoy no fui y no tengo la mas mínima intención de asistir a la final. Este texto y las entradas no usadas del abierto de tenis de Argentina 2020 pienso enmarcarlos y ponerlos en la sala de mi casa para recordar en lo que me reste de vida que  la experiencia religiosa de la que hablaba Wallace la seguiré viviendo cómodamente en el salón de mi casa, frente a la pantalla del televisor, con bebidas frías y comidas calientes.

Post scríptum: Viendo cómodamente sentado en mi sala el único partido de semis que se jugó me doy cuenta que dos espectadores sufrieron desmayos mientras veían el partido, que tuvo que ser suspendido para atenderlos. No me sorprende, con la dificultad impuesta por la organización del evento para ingresar bebidas y ante la absurda pérdida de tiempo necesaria para comprar una de la marca patrocinadora dentro del lugar, hay personas, especialmente mayores, que no logran soportar las altas temperaturas y vuelvo a ver en medio del barullo que se formó en la tribuna el rostro del empleado con más poder dentro de la logística del evento que atendió mi reclamo inicial. ¿Sera lo suficientemente inteligente para entender la relación causa efecto entre la medida que defiende como perro faldero del dueño del negocio y la posibilidad de que alguien muera realmente por deshidratación?  Lo dudo.


Post scríptum 2: Acabo de ver la final cómodamente sentado en mi sillón preferido. Decir que fue mala es quedarme corto, me alegra enormemente no haber ido, lo mejor  que me pudo pasar en este abierto de tenis de Buenos Aires 2020 fue haber tomado la decisión de no volver a la cancha. Por cierto en la final otro espectador se desmayó. ¿Sera que para el próximo año vuelven a prohibir el ingreso de bebidas y alimentos? 

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