Quiso el destino, o mas bien la matriz de Facebook que solo
nos permite ver alrededor del siete por ciento de los comentarios que nuestros
contactos hacen en sus respectivos muros, que leyera acerca de la conversión al
cristianismo de un gran amigo. Entre la sorpresa y la rabia leí varias veces lo
que mi amigo escribía, usaba palabras típicas de quienes han sucumbido ante las
mentiras de la religión, daba gracias a Jesucristo por el perdón, la sanación y
la liberación que su imaginada presencia habían surtido en él.
A propósito de estas tres palabras hay que aclarar:
El perdón solo puede ser otorgado de manera voluntaria por
quien se ha visto afectado por nuestras acciones u omisiones, nadie puede
perdonar en nombre ajeno, es un acto individual que no busca retribución porque
la simple satisfacción de otorgarlo tiene ya en sí misma una compensación, en
ese orden de ideas el perdón general y abstracto que promueven las religiones
es un absurdo que parte de una premisa falsa: Jesús perdona tus pecados
(acciones que causan daño) aunque el afectado haya sido tu vecino o el daño se
lo hayas causado a tu hermana.
La sanación, asumiendo que sea una referencia metafísica,
parte de otra premisa falsa: la existencia del alma, por lo tanto nada ni nadie
puede sanar un daño que no existe. Otra cosa, y bien distinta, es la
conciencia, pero para entenderla hay que abordarla desde otro ámbito del
conocimiento y no es materia de controversia al menos en este caso específico.
La liberación no puede ser otorgada por ninguna religión, puesto
que son precisamente las religiones las fuentes originarias de la esclavitud, cuando
el ser humano renuncia al conocimiento y abraza la sinrazón de las religiones
no se está liberando, está encerrándose, está poniendo un eslabón más a sus
cadenas.
Inmediatamente después de leer lo que mi amigo había escrito,
le respondí en privado manifestándole mi sorpresa e invitándolo a leer dos
obras sencillas de sendos pensadores ateos que desvirtúan todas las falacias de
la religión, me tome la molestia incluso de enviarle los libros a los que hacía
referencia con la esperanza de que al leerlos pudiera recapacitar y apelando a
la razón dejara atrás de una vez y para siempre la mentira institucional de la
religión. Sabía que había pocas posibilidades de éxito en mi gestión
desevangelizadora y su respuesta fue una prueba irrefutable de mi razonamiento
previo; amablemente agradeció mi interés, reafirmó nuestros lazos de amistad y me
dijo que no pensaba leer los libros, al menos por ahora, puesto que podrían
poner en duda sus más íntimas convicciones y ese no era un paso que estuviera
dispuesto a dar.
Es precisamente allí donde radica el éxito de las religiones,
en la falta de curiosidad de sus fieles que les impide abrirse al mundo y
tratar de entenderlo fuera del marco teórico conceptual y metafísico de sus
libros sagrados, no es casualidad que a lo largo de la historia los libros que
ponen en duda la existencia de la deidad hayan sido censurados y quemados al
lado de las brujas y los herejes.
Los ateos no tenemos escuelas de formación, no vamos de
puerta en puerta tratando de convertir a
los creyentes, ni se nos ve repartiendo panfletos a la salida de los templos.
No nos reunimos una vez a la semana para reafirmar nuestro amor por el
conocimiento ni tenemos feriados en el calendario que recuerden nuestros
mártires, somos casi invisibles y algunos incluso siguen guardando las formas
religiosas para no herir la susceptibilidad de sus parientes y amigos que
siguen convencidos de las mentiras de sus libros sagrados.
Soy ateo y no tengo que disculparme ante nadie, soy ateo
porque mi experiencia y el conocimiento adquirido a través de la lectura de los
grandes pensadores y científicos de la humanidad me ha llevado a la certeza
absoluta de que Dios es una invención humana que condena al pueblo a una vida
miserable en la tierra con la esperanza del paraíso. Poco o nada puedo hacer
para desevangelizar a los creyentes pero mientras viva seguiré intentándolo con
la invitación a la lectura, única arma que conozco, al menos a nivel
individual, para liberarse de las
ataduras de las estructuras de poder incluida la religión como la madre de
todas ellas.
Los libros que le recomendé a mi amigo fueron dos
maravillosos textos: “Porque no soy cristiano” de Bertrand Rusell, filósofo inglés
del Siglo XX y “Tratado de ateología” del filósofo francés Michael Onfray. Hay
muchos otros que intentan desvirtuar las mentiras de las religiones pero de los
que he leído son tal vez los que utilizan el lenguaje más sencillo y los
conceptos más claros. Si usted ha llegado hasta acá en su lectura y no se ha
sentido ofendido por mi atrevimiento de negar la existencia de Dios valiéndome
de la razón, le invito a leer estos libros, pero si la lectura es un placer del
que ya no disfruta, le dejo, con las palabras de Nietzsche, una invitación a la
reflexión:
“El concepto de «Dios» fue inventado como antítesis de la
vida: concentra en sí, en espantosa unidad, todo lo nocivo, venenoso y
difamador, todo el odio contra la vida. El concepto de «más allá», de «mundo
verdadero», fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe,
para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ningún
quehacer. El concepto de «alma», de «espíritu», y, en fin, incluso de «alma
inmortal», fue inventado para despreciar el cuerpo, enfermarlo —volverlo
«santo»—, para contraponer una espantosa despreocupación a todo lo que merece
seriedad en la vida, a las cuestiones de la alimentación, vivienda, régimen
intelectual, asistencia a los enfermos, limpieza, clima. En lugar de la salud,
la «salvación del alma», es decir, una. folie circulaire [locura circular] que
abarca desde las convulsiones de penitencia hasta las histerias de redención.
El concepto de «pecado» fue inventado al mismo tiempo que su correspondiente
instrumento de tortura, el concepto de «libre albedrío», para obnubilar los
instintos, con el propósito de convertir en una segunda naturaleza la
desconfianza con respecto a ellos.” (Ecce homo)
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