jueves, 25 de mayo de 2017

PEQUEÑO MANIFIESTO ATEO

Quiso el destino, o mas bien la matriz de Facebook que solo nos permite ver alrededor del siete por ciento de los comentarios que nuestros contactos hacen en sus respectivos muros, que leyera acerca de la conversión al cristianismo de un gran amigo. Entre la sorpresa y la rabia leí varias veces lo que mi amigo escribía, usaba palabras típicas de quienes han sucumbido ante las mentiras de la religión, daba gracias a Jesucristo por el perdón, la sanación y la liberación que su imaginada presencia habían surtido en él.
A propósito de estas tres palabras hay que aclarar:
El perdón solo puede ser otorgado de manera voluntaria por quien se ha visto afectado por nuestras acciones u omisiones, nadie puede perdonar en nombre ajeno, es un acto individual que no busca retribución porque la simple satisfacción de otorgarlo tiene ya en sí misma una compensación, en ese orden de ideas el perdón general y abstracto que promueven las religiones es un absurdo que parte de una premisa falsa: Jesús perdona tus pecados (acciones que causan daño) aunque el afectado haya sido tu vecino o el daño se lo hayas causado a tu hermana. 
La sanación, asumiendo que sea una referencia metafísica, parte de otra premisa falsa: la existencia del alma, por lo tanto nada ni nadie puede sanar un daño que no existe. Otra cosa, y bien distinta, es la conciencia, pero para entenderla hay que abordarla desde otro ámbito del conocimiento y no es materia de controversia al menos en este caso específico.
La liberación no puede ser otorgada por ninguna religión, puesto que son precisamente las religiones las fuentes originarias de la esclavitud, cuando el ser humano renuncia al conocimiento y abraza la sinrazón de las religiones no se está liberando, está encerrándose, está poniendo un eslabón más a sus cadenas.

Inmediatamente después de leer lo que mi amigo había escrito, le respondí en privado manifestándole mi sorpresa e invitándolo a leer dos obras sencillas de sendos pensadores ateos que desvirtúan todas las falacias de la religión, me tome la molestia incluso de enviarle los libros a los que hacía referencia con la esperanza de que al leerlos pudiera recapacitar y apelando a la razón dejara atrás de una vez y para siempre la mentira institucional de la religión. Sabía que había pocas posibilidades de éxito en mi gestión desevangelizadora y su respuesta fue una prueba irrefutable de mi razonamiento previo; amablemente agradeció mi interés, reafirmó nuestros lazos de amistad y me dijo que no pensaba leer los libros, al menos por ahora, puesto que podrían poner en duda sus más íntimas convicciones y ese no era un paso que estuviera dispuesto a dar.
Es precisamente allí donde radica el éxito de las religiones, en la falta de curiosidad de sus fieles que les impide abrirse al mundo y tratar de entenderlo fuera del marco teórico conceptual y metafísico de sus libros sagrados, no es casualidad que a lo largo de la historia los libros que ponen en duda la existencia de la deidad hayan sido censurados y quemados al lado de las brujas y los herejes.

Los ateos no tenemos escuelas de formación, no vamos de puerta en puerta tratando de convertir  a los creyentes, ni se nos ve repartiendo panfletos a la salida de los templos. No nos reunimos una vez a la semana para reafirmar nuestro amor por el conocimiento ni tenemos feriados en el calendario que recuerden nuestros mártires, somos casi invisibles y algunos incluso siguen guardando las formas religiosas para no herir la susceptibilidad de sus parientes y amigos que siguen convencidos de las mentiras de sus libros sagrados.
Soy ateo y no tengo que disculparme ante nadie, soy ateo porque mi experiencia y el conocimiento adquirido a través de la lectura de los grandes pensadores y científicos de la humanidad me ha llevado a la certeza absoluta de que Dios es una invención humana que condena al pueblo a una vida miserable en la tierra con la esperanza del paraíso. Poco o nada puedo hacer para desevangelizar a los creyentes pero mientras viva seguiré intentándolo con la invitación a la lectura, única arma que conozco, al menos a nivel individual,  para liberarse de las ataduras de las estructuras de poder incluida la religión como la madre de todas ellas.

Los libros que le recomendé a mi amigo fueron dos maravillosos textos: “Porque no soy cristiano” de Bertrand Rusell, filósofo inglés del Siglo XX y “Tratado de ateología” del filósofo francés Michael Onfray. Hay muchos otros que intentan desvirtuar las mentiras de las religiones pero de los que he leído son tal vez los que utilizan el lenguaje más sencillo y los conceptos más claros. Si usted ha llegado hasta acá en su lectura y no se ha sentido ofendido por mi atrevimiento de negar la existencia de Dios valiéndome de la razón, le invito a leer estos libros, pero si la lectura es un placer del que ya no disfruta, le dejo, con las palabras de Nietzsche, una invitación a la reflexión:

“El concepto de «Dios» fue inventado como antítesis de la vida: concentra en sí, en espantosa unidad, todo lo nocivo, venenoso y difamador, todo el odio contra la vida. El concepto de «más allá», de «mundo verdadero», fue inventado con el fin de desvalorizar el único mundo que existe, para no dejar a nuestra realidad terrenal ninguna meta, ninguna razón, ningún quehacer. El concepto de «alma», de «espíritu», y, en fin, incluso de «alma inmortal», fue inventado para despreciar el cuerpo, enfermarlo —volverlo «santo»—, para contraponer una espantosa despreocupación a todo lo que merece seriedad en la vida, a las cuestiones de la alimentación, vivienda, régimen intelectual, asistencia a los enfermos, limpieza, clima. En lugar de la salud, la «salvación del alma», es decir, una. folie circulaire [locura circular] que abarca desde las convulsiones de penitencia hasta las histerias de redención. El concepto de «pecado» fue inventado al mismo tiempo que su correspondiente instrumento de tortura, el concepto de «libre albedrío», para obnubilar los instintos, con el propósito de convertir en una segunda naturaleza la desconfianza con respecto a ellos.” (Ecce homo)

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