Cada que ocurre una tragedia natural ocasionada por
desbordamiento de ríos o avalanchas de tierra coinciden el pasado con el
presente y se puede predecir el futuro.
La tragedia de Mocoa estaba anunciada como fueron anunciadas oportunamente
las de Ambalema, Doña Juana, Pereira, Sativanorte, la Paz, Andes, Purace,
Rionegro, Toledo, Dos Quebradas, El Playón,
Gachalá, Quebradablanca, Guavio, Turriquitadó,
Tapartó, Dabeiba , Florida, Bagadó, Armero, Villatina, Siloé, Patio Bonito, Salgar y
otras tantas cuyas consecuencias no merecieron titulares de prensa.
Los
científicos hacen su trabajo e informan a tiempo acerca de los riesgos en las
regiones más vulnerables del país. Son muchos los estudios que se han
adelantado al respecto y bastan cinco minutos de búsqueda en Internet para
encontrarlos, es de suponer entonces que
las autoridades están enteradas pero no hacen nada para prevenir los desastres
y no hace falta ser científico para saber el motivo; la prevención nunca es
prioridad porque no hay voluntad política. Los diques, las canalizaciones, los
reasentamientos, los muros de contención, los planes de evacuación, no son políticamente útiles para las élites de
poder nacional o local. Todo se mide con la vara del costo-beneficio y es
evidente que trecientos muertos y unos cuantos miles de damnificados, en su mayoría
pobres y de importancia marginal en términos económicos, no son suficientes
para que la ecuación capitalista los incluya, nunca fueron importantes y nunca
lo serán. Son simples cifras, cuerpos desmembrados y desmembrables, que harán parte
ahora de una nueva estadística.
Lo primero que ocurre después de un desastre natural es una
inmediata muestra de solidaridad de la gente que se manifiesta mucho antes que
las mismas autoridades, luego vienen las declaraciones de los políticos de
turno y dependiendo del tamaño de la tragedia, la cantidad de muertos y la
cobertura mediática de los hechos, pueden ser emitidas por las autoridades
locales, regionales o nacionales. Después y de acuerdo con la medida antes
descrita el gobierno afirma disponer de recursos para la tragedia y asegura que
implementará un plan de acción para lo cual nombrará una comisión del más alto
nivel, eufemismos que en realidad quieren decir: “no tenemos la más remota idea
de cómo vamos a hacer para solucionar este asunto pero ya veremos que se nos
ocurre”. Uno o dos meses después cuando las ayudas prometidas no llegan a
destino, o bien porque se las roban en el camino o porque no han sido enviadas,
empiezan los afectados a manifestarse en las calles exigiendo respuestas
inmediatas, las fuerzas del orden reprimen a los manifestantes cuantas veces
sea necesario hasta que el gobierno se ve obligado a nombrar una nueva comisión
que se encargará de repartir el presupuesto que se haya destinado a fin de auxiliar
a las víctimas que se duplicarán cuando
las ayudas empiecen a llegar, si es que llegan, porque muchas personas que no
se vieron afectadas intentarán recibirlas, son tantas las carencias de los
pobres en Colombia que sobran las consideraciones éticas ante cualquier
posibilidad de paliar su dolor y sufrimiento.
Detrás, por supuesto, estarán los contratistas que cobrarán
diez veces más por todos los productos o servicios que presten para la
ejecución de los contratos que serán adjudicados a dedo o en licitaciones
amañadas, sobra decir que Procuraduría y Contraloría no se darán cuenta de
nada y cinco años después, en el mejor de los casos y solo por casualidad, la fiscalía iniciara algún proceso penal que
terminara con una sentencia absolutoria cuando ya nadie se
acuerde de Mocoa y en una nueva avalancha el número de muertos se multiplique
porque los contratos adjudicados para darle solución definitiva al problema nunca
fueron ejecutados o se ejecutaron con el
fin de enriquecer a los contratistas y a los políticos que como buitres darán vueltas
alrededor del presupuesto.
Ese es el ciclo de las tragedias naturales en Colombia, en un
par de meses o de años solo será necesario reemplazar Mocoa por la nueva población afectada y este texto seguirá
vigente.
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